Un Marx de transición*

Marx no podría fundar ciencia económica alguna. Si lo hiciera, él mismo no escaparía del fetichismo que conduce a que determinados intelectuales traten lo económico como referente de una “parcela” de lo social.

Vitalosfera

Abrigo
los
ocasos,
condimento
las mañanas,
espolvoreo
las
noches,
acuno
las horas,
esponjo
las
ilusiones perdidas
en
aquellos
rincones inciertos
del
alma,
mientras
la
clepsidra
destila,
cadenciosa,
las
pausas

* Es el Levy de la Contribucion a la crítica de la Economía Política

Pragmatosfera*

Nietzsche (1967: 713–717) en una lejana ocasión, pensó que no había nada menos estimulante que los wagnerianos que se autoproclamaban discípulos de Wagner, institucionalizándolo y ciñendo su complejidad liberadora (pero alemana). Con Marx viene ocurriendo una y otra vez algo similar, ya que no fue más que topicalizado: de cuando en cuando, aparece a manera de un profeta o mesías; en otras oportunidades, como un eximio economista. Respecto a la primera sentencia –bastante ligera, si tenemos en cuenta que advirtió en una de sus cartas que su teoría no era una filosofía de la historia–, no podemos alegar demasiado en este contexto. En cuanto a la segunda, nos gustaría apuntar cómo es expuesta, por medio de contradicciones lógicas irresolubles, la naturaleza peculiar de ciertos entes economicistas.

Con ello, se espera mostrar que las preocupaciones de Heinrich no son económicas, sino que intenta deconstruir el acontecimiento de que una parte de lo colectivo se articule como economía. Sólo en comunidades en donde ese suceso tuvo lugar, es planteado el problema de la articulación entre universo económico y sociedad.

Suscitada la cuestión, los individuos “inventan” estrategias variadas a fin de procurar conectar dichas esferas (desde esa perspectiva, la historia de los modos de producción ha sido la historia de las astucias con las que los complejos colectivos trataron de abordar semejante dilema). En los que se anhela ver nacer, a partir de las posibilidades abiertas por la praxis, lo económico no puede jugar el papel de base o infraestructura, por cuanto es deseable que la capacidad de auto control de los individuos ya no dé lugar a formaciones escindidas en ambientes opuestos –“Basis” y superestructura [ideas que para el Doctor Néstor Kohan, no son del rango de categorías y que son meros recursos estilísticos sin más repercusiones que una desafortunada licencia literaria al interior de la teoría (para nosotros, si es plausible que las metáforas en escena sean una licencia literaria a la que era propenso Karell, consideramos que no es probable que sea un recurso estilístico sin consecuencias, estribaciones que intentamos desmarcar de la tradicional lectura mecanicista y leninista)]. Uno de los acaeceres que impulsan que una fracción de lo comunitario se anquilose y se constituya en economía, es la circunstancia de que los hombres no sean capaces de disponer sobre los efectos de su accionar.

No obstante, estudiando lo que antecede, Marx no podría fundar ciencia económica alguna. Si lo hiciera, él mismo no escaparía del fetichismo que conduce a que determinados intelectuales traten lo económico como referente de una “parcela” de lo social, que genera la consecuencia de parecer tajada del resto.

* Esto que se aproxima luego de una ahora cercano, fue tediosamente elaborado en los viejos departamentos blancos del Barrio Leopoldo Lugones, Salta capital, provincia de Salta, Argentina, en 2000, antes de 2001, una debacle que podría asomar de nuevo en el contexto de un gobierno de ultraderecha, conservador, autoritario, con la impronta de la ideología de Julio Roca, y que desprecia al “populacho” y que mima a la gente decente, como la Presidencia del Sr. Mauricio, al que innumerables de esa mojigata Salta que no me vio padecer, votaron gustosos, por las afinidades electivas entre don Julio y los notables de la provincia, gente decente que votará otra vez a Macri y a lo que él representa, en virtud de que los pueblos no aprenden de sus cien años de soledad

Ceroidad

La mercancía

1- El valor de cambio implica la anulación de todas las diferencias, a fin de hacer de los valores de uso entes que pueden encarnarse unos en otros. Sin embargo, se ve impelida a conservar diferencias cualitativas (Marx 1973: 264).

2- En la mercancía, el valor de uso, la materia “tiene” un precio; el valor de cambio, lo abstracto, en el soporte que representa al dinero, cuenta con una materia (op. cit.: 290).

3- El valor de uso de la mercancía no es un valor de uso para el que la posee como valor de cambio; su valor de uso es tal para otro. Por ende, el valor de uso de la mercancía se manifiesta como valor de uso negado, en cuanto “abolición” del valor de uso inmediato (loc. cit.: 295).

Primidad

El precio

El valor de cambio es algo abstracto. El precio es ese valor transpuesto en cantidad, particularizado en una cifra. Así, el valor en el precio abandona su rasgo abstracto y se transforma en “contravalor” (op. cit.: 243).

Segundidad

El dinero

1- El dinero es trabajo general abstractamente materializado (loc. cit.: 277).

2- El dinero es una forma autónoma que empero, se niega a su plena absorción en ella. Por ejemplo, la moneda, al sostenerse del Estado que la respalda, es una forma condicionada, dependiente (op. cit.: 247).

3- El dinero hace lo indivisible, divisible; lo inconmensurable, medible; lo imposible de igualar, equivalente (loc. cit.: 251, 261).

4- El dinero tiene un valor de uso que consiste en ser valor de cambio, pero él mismo es la negación de todo valor de uso (op. cit.: 259).

5- El dinero, al ser el instrumento que torna intercambiable valores de uso unos con otros y los vuelve “indistintos”, hace que la riqueza sea indiferente al espacio y al tiempo. Pero el tesoro es un producto en el tiempo y en el espacio (loc. cit.: 261).

6- En la medida en que el dinero siempre es dinero, en la proporción en que vale por lo que es, confluye en una cosa que está “fija”, inmóvil en su “ser” economicista. No obstante, por esa misma inmovilidad, adquiere movilidad, circula (op. cit.: 240).

7- Como valor de cambio absoluto, el dinero debe ser consecuente con dicho absolutismo, lo que lleva a que deba ser tan independiente que no tenga que circular. Así, cuando el dinero no circula es valor de cambio absoluto (loc. cit. 1973: 290).

8- Tal cual vimos, el dinero realiza su concepto en plenitud cuando se mantiene “fuera” de la circulación. Pero entonces ocurre que ya no se comporta a modo del poder que sirve para adquirir cualquier mercancía. En consecuencia, debe ingresar en la circulación a fin de que actúe efectivamente como dinero (op. cit.: 292).

9- La forma exclusiva en que el dinero se conserva y funciona como riqueza es empleándolo para comprar, id est, la manera en que es asegurado como riqueza que se atesora es gastándolo, haciéndolo “desaparecer” (loc. cit.: 292).

10- El dinero no tiene en vista la necesidad inmediata, dado que puede ser riqueza que no se consume. Sin embargo, un valor de uso es tal si satisface requerimientos. Por consiguiente, el dinero es un valor de uso que no es enteramente valor de uso (op. cit.: 243).

11- El hecho de que el dinero sea valor de uso que no es completamente valor de uso, encuentra su máximo en que, cuando se lo atesora, es valor de uso “inútil” (loc. cit.: 290).

12- El dinero, en tanto mercancía omnipresente, sin determinación particular, es la negación de su carácter de moneda, de medio de circulación, puesto que ello es una “propiedad” o cualidad, un rasgo localizado (op. cit. 1973: 229).

13- Si no es más que la realización del precio de la mercancía, el dinero es la negación de sí mismo, de su concepto, por cuanto la mercancía individual se mantiene como lo central. De ser un representante abstracto de la riqueza, deviene un mero representante material, “local” de la riqueza (loc. cit.: 230).

14- El dinero, en tanto su valor de uso es ser valor de cambio, puede llegar a ser un simple símbolo. Por ello, el dinero en cuanto moneda, como mero “signo” para la circulación, se encuentra desmonetizado (op. cit.: 241).

15- La forma metálica del dinero (oro, plata) incentiva el “atesoramiento” –mecanismo propio de los métodos de producción precapitalistas– o la acumulación (estrategia adecuada al capital), con lo que el dinero “sale”, se desvía de la circulación –loc. cit.: 230, 248.

16- En las crisis del capitalismo, el dinero se busca en calidad de dinero. Acontece que el dinero acaba por adquirir una forma “fija”, condicionada que se opone a su carácter de ente incondicionado, absoluto (op. cit.: 236).

17- El oro y la plata, al convertirse en representantes del dinero y al ser mercancías particulares, contradicen la naturaleza “universal”, no singular del dinero (loc. cit.: 237, 267).

18- Los metales preciosos, aun cuando les otorga poder a quien los posee y condicionan las relaciones sociales, no tienen importancia alguna como agentes de creación de riqueza (op. cit.: 238).

19- En tanto que mercancías individuales codiciadas, la plata y el oro valen más por su materialidad que por su cualidad de valor; entonces, devienen “contravalor” (loc. cit.: 253).

20- Por ser mercancías muy buscadas, el oro y la plata son deseadas por su consistencia. Pero se concluye que, de ser representantes del valor, se convierten “en el” valor (op. cit.: 239, 243).

21- Mientras los metales preciosos funcionen como dinero, no satisfacen necesidades inmediatas. De ahí que el valor de uso del oro y de la plata sea el estar fuera–de–uso (loc. cit.: 265).

22- Cuando es símbolo apoyado por el Estado, el dinero se hace moneda nacional y ya no puede ser signo general en la circulación internacional. Y mientras es sello de un país es indiferente a su “cuño particular”, porque sigue siendo un representante abstracto de la riqueza (op. cit.: 247).

23- La moneda es un objeto individual. No obstante, en su uso cotidiano el comprador o el deudor no entregan siempre la “misma” moneda ni reciben piezas singulares, sino una “cantidad” que por ser tal, es abstracta (loc. cit.: 264).

Tercidad

La circulación

En el intercambio, se supone que sus polos son la mercancía y el dinero, por un lado, y el valor de uso y el valor de cambio, por el otro. No obstante, sucede que el proceso de circulación es una permanente negación de los “extremos” citados. Para el comprador, el dinero desaparece y se transubstancia en mercancía; para el vendedor, el valor de cambio se cristaliza en dinero. A su vez, para el comprador, el valor de cambio desaparece en el valor de uso, mientras que, para el comerciante, el valor de uso es disuelto en dinero (op. cit. 1973: 291, 295). En consecuencia, la circulación en tanto que movimiento de entes económicos, en cuanto productos reales que devienen objetos ideales, es la negación de sus elementos y por ende, de ella misma.

Cuarteridad

Podríamos continuar con un relevamiento más exhaustivo de las paradojas que hilvanan los objetos económicos economicistas, pero entendemos que lo obtenido hasta ahora demuestra lo que quisimos adelantar en el exordio.

Concluyendo con el apartado que nos convoca, es viable estipular entonces, que la circulación economicista del tesoro demuestra, en su lógica interna, que no puede mantener la ficción que transforma entes concretos en sustancias metafísicas, abstractas, ideales, suprasensibles, etc. De donde se infiere que en ese intercambio mismo asoma lo real, el valor de uso como aquello que rompe, fisura lo económico.

Finalmente, a partir de lo anterior es dable sostener que los procesos económicos, como la circulación de formas economicistas –la mercancía, el dinero–, nada tienen que ver con la riqueza y que, por lo mismo, los valores de uso fuerzan las envolturas fantásticas mencionadas, para escapar de su succión (loc. cit.: 309).

Por otro lado, las paradojas puestas de relieve establecen que los entes del universo económico son para Levy, absurdos y carentes de sentido. Lo que trae consigo la tragedia de que los individuos sean dominados, sojuzgados, estrechados en sus relaciones con el otro, empobrecidos en su desarrollo, degastados en sus valencias múltiples, “aplanados” en su complejidad por objetos que, de ser dependientes de la humana praxis creadora, acaban tan endurecidos que la someten.

No hay sino “espectros” (Derrida 1995), ilusiones que nos tiranizan; entonces tal vez, Homero –1995– vendría a recitar: “de los seres animados que existen, los hombres son los más desdichados”, a causa de una voluntad asombrosa en forjar estructuras asfixiantes.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

Derrida, Jackie Eliahou (1995) Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo de duelo y la Nueva Internacional. Madrid: Trotta Editorial.

Homero (1995) Ilíada. Barcelona: Editora Planeta–De Agostini.

Marx Levy, Karl Heinrich Mordejái y Friedrich Engels (1975) Correspondencia. Buenos Aires: Editorial Cartago.

Marx Levy, Karl Heinrich Mordejái (1973) Contribución a la crítica de la Economía Política. Buenos Aires: Ediciones Estudio.

Nietzsche, Federico Guillermo (1967) “Ecce Homo” en Obras completas, vol. IV. Buenos Aires: Aguilar Ediciones.

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