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Turismo, violencia y encanto brasilero en Foz de Iguazú

Miércoles 23 de enero de 2008, por Romina Chávez Dí­az

Brasil parece estar primero no solamente en el fútbol, sino también en lo económico, ya que el real supera al peso y vacacionar por el país vecino para los argentinos hoy en día, es demasiado caro.

0, 55 o 0, 60 centavos, es la cotización de nuestra moneda, equivalente a menos de un peso por real. Si pasás por Brasil, R 3 (reales) cuesta una hora en Internet, lo que para nosotros es $ 5, 26 (si estiman 0,55 el peso), casi el doble. Un vaquero de boutique sale entre R 140 y 180; las bebidas gaseosas cuestan alrededor de los R 4, 65 y las cervezas brasileras, mucho más surtidas, con variedad de marcas y sabores, tienen distintos precios. Por ejemplo: un pack de 6 botellas de 350 ml a valor argentino vale aproximadamente $ 10. La fruta de Brasil para el argentino es muy cara: un Kg de duraznos cuesta casi $ 9 y la uva un poco más. El agua de coco que se vende en algún carrito, bebida en la fruta, de sabor dulce y fresca, especial para saciar la sed y bajar el calor, vale R 3. Y un helado de máquina puede costar entre R 2 y 3; y uno de crema entre los R 5 y los 6 como “barato”.

En ciudades de fronteras, como Foz de Iguazú, a la que podría denominarse “la ciudad diurna”, el costo de vida es elevado. La gente vive del turismo y de las ventas de todo tipo; también de la producción de electricidad y de los empleos públicos. La ciudad es famosa por sus atracciones turísticas, que atraen a personas de Brasil y del mundo entero. Entre ellas están las Cataratas del Iguazú, la represa-hidroeléctrica de Itaipú y el lugar donde el Río Iguazú tiene su desembocadura en el Paraná conocido como el área tres fronteras.

Hay numerosos hoteles. Un empleado de hotel, del tipo cuatro estrellas, un “maletero” gana R 400; en palabras propias “no les alcanza para vivir”. Sin embargo, su sonrisa es constante y su gentileza absoluta. Los maleteros y conserjes enriquecen el conocimiento al turista a quienes ven pasar día tras día. Los mulatos, generalmente desempeñan el rol de servicios en los hoteles, no circulan en “lugares sociales”, salvo los propios turistas brasileros, provenientes de ciudades más grandes como Sao Pablo.

La ciudad, con más de 300 mil habitantes, es altamente peligrosa. Los asaltos son violentos y circular en auto tampoco es seguro, los asaltos están planeados también a vehículos. Los ciudadanos viven de día, los comercios abren sus locales a las 8 de la mañana y cierran a las 18 hs. Algunos más arriesgados permanecen hasta las 20, hora en que los turistas salen a caminar porque bajan los rayos solares aunque la tempreratura conserva los 37 o 40 grados de calor. Los niños mendigos no se ven como en Salta, sí los cartoneros y bolseros a toda hora del día. Estos parecen formar una microempresa, usan jardineras como aquí los verduleros, y arrastran con toda la basura para hacer luego la separación de latas, botellas, cartones, etc.. Las latas se cotizan bastante y son muy utilizadas para el consumo diario. Las prostitutas caminan solas por las noches, con escasas ropas y son mujeres blancas, mestizas o de color.

Los trabajadores masculinos, entre las 18 y las 20 hs, copan los pub, las cervecerías, los bares o las estaciones de servicios, generalmente solos, para refrescar el cuerpo y descansar de la jornada. Las familias pasean durante estas horas y regresan pronto a sus hogares, no circulan más tarde por las calles.

Los casinos están prohibidos por una ley y no hay bailantas ni boliches; las actividades nocturnas se reducen a unos night club o a algunas actividades musicales en ciertas cervecerías, donde se aprecian bailes y canciones típicas, con música en vivo, aunque también tienen horarios reducidos. Y para salir del hotel o de una vivienda, se debe hacer en taxi.

Una brasilera, con un puesto de feria en el que vende ropa exclusiva y a menor precio que en las tiendas, rubia y de ojos verdes, extraña a su hijo de 20 años. Están separados y no le gusta la vida en Foz de Iguazú. Tiene una casa en Florianápolis pero no vive allí por cuestiones de trabajo. Sus ojos se llenan de lágrimas al pensar en su hijo.

La ciudad tiene mixturas culturales: las árabes lucen sus túnicas, no usan maquillajes y poseen un alto grado de misterio. Se dedican al comercio o a la gastronomía, pero quien maneja el negocio es el esposo. Muchos bolivianos venden artesanías brasileras. Circulan miles de turistas de distintas partes del mundo, muchos chilenos, japoneses, franceses, argentinos, italianos, paraguayos, uruguayos e ingleses prefieren estas zonas, por las que son aves de paso. Se dirigen a Cataratas o a las playas de Brasil. Un porteño, comenta irritado y muestra unas marcas en su piel: “vengo de las playas, muchos mosquitos, sus picaduras son dolorosas, estoy medicado, inyectado por estas picaduras”. En un diario local, las noticias azotan: “fiebre amarilla en Brasil”.

Muchos turistas van de compras a Ciudad del Este (a 20 min de Foz) aunque impera la desconfianza en la compra de productos tecnológicos. Los precios, se comentan a valor dólar para “unificar” el las monedas; una remera (polera) vale 5 dólares y unas zapatillas deportivas alrededor de 50. Para los chilenos estos precios son insólitos puesto que en sus tierras no se encuentran tan baratos, según comentan.

Los edificios son modernos y muy vistosos; a las márgenes se ve muchísima pobreza y hacinamiento. Al lado del shoping donde reina el lujo, por una avenida llena de árboles, las casitas despintadas y deslucidas exhiben su pobreza. Por el centro, en las rutas, los vendedores ambulantes ofrecen las camas y hamacas colgantes, típicas, las que al mirar uno se imagina en El Caribe, al lado de una playa o en el mismo Brasil, junto al mar, entre dos palmeras.

La ciudad moderna despierta curiosidad pero con la violencia parece deslucirse, le falta bohemia. Más cerca de la globalización, los aires de modernidad parecen tener un precio alto: la falta de esa magia de la nocturnidad. La inseguridad que se vive también apuesta a una alta pobreza de los brasileros y a la poca posibilidad de la gente de bajos ingresos o ingresos nulos.

En una ciudad despierta de día y durmiente de noche, a pocos Km de Cataratas y de Puerto Iguazú, la gente se encierra para vivir.

José, un argentino radicado actualmente en Puerto Iguazú, comenta la durísima transición que significó el fin del 1 a 1. Sus actividades laborales se desarrollaban en Foz, pero luego de vivir 4 años y al término del valor del dólar igual al peso argentino, el cambio fue catastrófico. Los habitantes de Puerto Iguazú emigraron ante la falta de expectativas y los negocios quedaron vacíos, el turismo se quebró. “Antes era barato comprar en Brasil, ahora es imposible y la inseguridad es tremenda, yo me quedé en mi país”. Puerto Iguazú se reconstruye a diario con su propia economía y con el fomento del turismo, un lugar cercano a las paradisíacas cataratas argentinas.

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