Reflexión
“Todo concluye al fin nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina. Tengo que comprender no es eterna la vida, el llanto en la risa allí termina”… Cantaba Vox Dei por los años setenta.
Hoy ya reeditado este temón titulado “Presente (el momento en que estás)” nos sigue mensajeando desde el pasado, estimulándonos a pisar fuerte en el hoy y no perder la esperanza por el futuro bienaventurado.
El tema de los grandes autores es en definitiva el amor que es mirado de millones de maneras, como millones de personas lo sienten, pero a la vez también milagrosamente conectados en un sentir común; lo sufrimos, nos alegramos, nos realizamos, nos ilusionamos, nos apasionamos, nos peleamos, lo celamos irracionalmente, nos jugamos todo y fácilmente lo convertimos en rencor y dolor… por todo esto son las letras que más llegan a todos casi por igual, las del amor.
Así estamos de amor y de amores y amados y amantes y no pocas veces perdemos la lógica y el valor para mantener firme el sublime sentimiento que nos llama a gritos desde lo más profundo de la existencia desgarrando el alma ante su ausencia. Pero… ¿por qué el frecuente y multitudinario fracaso?
Algunos hablan de egoísmos exacerbados en la persona, otros de falta de medios para proseguir el proyecto amoroso; otros, de cultura inepta para amar; otros, de cobardía impulsada por la sociedad de consumo ante tremendo desafío… en definitiva en la misma naturaleza de la persona está siempre vivo el deseo del amor y resistirse es querer mutarse en algo que no podemos ser naturalmente pero que lamentablemente o felizmente la persona humana puede alimentar o no.
¿Queremos ser amantes o amables? Amantes y amables o ni lo uno ni lo otro? Este es quizás una punta de ovillo para desmarañar la tragedia del hombre. ¿En qué rango pongo mi vida? Me juego por la segunda opción y de seguro que para esto hay que tener el cuero duro y el alma dócil. Un corazón puro y una mente astuta -en el buen sentido.
El cuero duro para luchar con voluntad férrea ante los obstáculos y para conseguir los medios necesarios.
El alma dócil para sentir al otro y dejarse sentir; ser generosos para dar y para recibir.
Un corazón puro para comunicarse con transparencia, sin ambigüedades con el otro, entendiendo su verdad y revelando la de uno, sintetizándose en la única.
Y una mente astuta para sencillamente no confundirse ni confundir, no engañarse ni engañar ante factores internos o externos aún sin querer.
“Cuánta verdad hay en vivir, solamente el momento en que estás, si el presente, el presente y nada más…”
Nos cantaba Rubén Basoaldo concluyendo el tema de Vox Dei y es aquí justamente donde se echa raíz para la tan ansiada felicidad: en el presente; es aquí donde la exigencia es sí o sí para una profunda y plena existencia: en el presente; y es aquí donde se alimenta la esperanza del futuro perfectible, perfecto… en el presente.
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