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Entre el cincuenta y el tres por ciento

Por qué Cristina: qué pasó con la oposición

Un intento de explicación

Domingo 21 de agosto de 2011

El domingo a la noche, mientras los kirchneristas festejaban una victoria que superaba sus expectativas y los opositores nos mirábamos aterrados por lo que estaba pasando, los enfurecidos panelistas del programa de Grondona se dedicaban a linchar a los dirigentes de la oposición.

Esa actividad prosiguió al día siguienteen todos los medios orales, escritos, televisados y electrónicos.

De pronto, mientras las caras de los panelistas, de Grondona y de su asistente Pablo Rossi se encendían de furia, el encuestador Jorge Giacobbe dijo algo que cortó la unanimidad. Fue algo así: “Ustedes están completamente equivocados. Creen que si la oposición hubiese maniobrado distinto, si hubiera hecho otras alianzas, esto se habría evitado. No se dan cuenta de que el electorado ya había decidido previamente que el ciclo kirchnerista no estaba terminado. Si otro hubiese sido el pensamiento de la mayoría, cualquier candidato habría servido para ganarle a Cristina, como sirvieron el cretino de De la Rúa o dos candidatos surgidos de la nada como Kirchner en 2003 contra Menem o De Narváez en 2009 contra Kirchner. La verdad es que la oposición no tenía ninguna chance.”

El brillante análisis de Giacobbe no disculpa los errores de la oposición, pero pone las cosas en una dimensión más justa. El 50% de Cristina es un porcentaje demasiado alto como para suponer que aun si las alianzas opositoras de 2009 (Unión PRO por un lado y el Acuerdo Cívico y Social por el otro) se hubieran mantenido como tales y esa hubiese sido la oferta en lugar de estas raras alquimias electorales de 2011, hoy mantendríamos la esperanza de que haya segunda vuelta en octubre.

No, el gobierno fue plebiscitado. En un decidido respaldo al statu quo, los electores quieren que esto siga como está. Lo de “profundizar el modelo”, con sus connotaciones revolucionarias, sólo circula entre la minoría fanática que el kirchnerismo también contiene y es parte de una propaganda en la que nadie cree salvo algunos funcionarios y militantes. Una mayoría de ciudadanos tiene críticas al gobierno pero prefiere que el kirchnerismo siga gobernando y que el sistema económico, social y político argentino se mantenga en sus actuales carriles. Todo el mundo ve los defectos del partido gobernante: el autoritarismo, la mentira, la corrupción, el clientelismo, el oportunismo, la improvisación, la arbitrariedad, la ignorancia, el fanatismo y la agresividad (entre otros). Y también ve que esos defectos tienen como consecuencia el mantenimiento de la pobreza, la injusticia social y el empleo en negro, la alta inflación, las jubilaciones achatadas, la defunción del federalismo, el deterioro republicano, la propaganda vociferante, la economía prebendaria, la falta de soluciones en salud, educación, seguridad, energía, vivienda y transporte e incluso la creciente dificultad para tener una vida próspera fuera de los bolsones protegidos por el estado. Sí, todo el mundo lo ve y solo unos pocos niegan esos defectos o consideran que esos defectos son virtudes como lo hacen los panelistas de 678 y sus congéneres en la alcahuetería.

¿Y entonces? Y entonces nada. Que esos defectos no pesan lo suficiente como para que los ciudadanos decidan encomendar sus destinos a otro partido. Porque lo que se ha plebiscitado —y ese es el veredicto profundo del domingo— es menos una gestión que un sistema lo suficientemente estable como para que sus calamidades internas no impidan su continuidad y su consolidación. O dicho de otro modo, la apuesta es a que el kirchnerismo no arrastre al país a una crisis que afecte seriamente la suerte de los individuos. La confianza (fundada o no, de hecho nadie lo sabe) en el mantenimiento de esa estabilidad, de esa inmunidad frente a las circunstancias (ya sean los vaivenes de la economía mundial, la sensación de un futuro personal incierto o los muchos inconvenientes de la vida cotidiana en la Argentina) es lo que se votó el domingo y se va a votar en octubre si no ocurre una inesperada catástrofe. Porque no es solo el 50% el que quiere que todo siga más o menos por este camino, el que cree que le va bien o que le puede llegar a ir mejor más adelante. Desde ahí se deciden con legitimidad los votos y no porque una viuda despierte simpatía, como se pretende desde cierta subestimación del electorado análoga a la que se centró en el asco de Fito Páez y en la denuncia a los tenderos de Horacio González.

El porcentaje de los que no quieren cambios es muy superior al 50%. De ese espíritu proviene la serie de triunfos de los gobernadores provinciales en las elecciones recientes. Pero no solo eso. Los votantes de Rodríguez Sáa a presidente, sostenedores de un gobierno tan autoritario y clientelar como el kirchnerista, deben contarse entre los que quieren que la Argentina siga más o menos como hasta ahora. Y también una buena parte de quienes votaron a Duhalde o a De Narváez y aun los electores del Frente Progresista. En las últimas horas, la televisión nos ha mostrado a dirigentes de distintos partidos afirmar que sus respectivas fuerzas hacen una oposición constructiva y que acuerdan con el gobierno en muchos casos. Es muy gracioso ver cómo Claudio Lozano reafirma su cercanía con el gobierno con el mismo énfasis con que lo hace De Narváez. Ambos aceptan así que los votos son de Cristina pero pretenden que se los preste un rato.

En ese contexto, el tres por ciento de votos para Elisa Carrió, una opositora absoluta e intransigente, es perfectamente lógico. Como también es lógico que Altamira y su Frente de Izquierda anden en un porcentaje parecido. Después de todo, los trotskistas pretenden un cambio radical del sistema hacia la izquierda. Carrió también, pero hacia el centro. Altamira le cae simpático a mucha gente (aunque no precisamente a los militantes K) y Carrió, a esta altura, a poca gente (pero los militantes K la odian más que a Magnetto). Pero cuando lo que se decide es la continuidad o el cambio y los electores han elegido la continuidad, sus enemigos concitan un rechazo de proporciones siderales.

Carrió ha hecho una oposición sistemática al kirchnerismo. Una oposición decidida, frontal, absoluta, sin ningún tipo de concesiones. La CC es la única fuerza parlamentaria que ha interpretado ese papel. No hizo acuerdos secretos en las cámaras como los que hicieron Alfonsín y Juez, no negoció cargos y ordenanzas como hizo el macrismo en la ciudad de Buenos Aires, no le votó al oficialismo esa Ley de Medios totalitaria e irresponsable de la que tanto se ufanan haber apoyado el socialismo y sus aliados, ni la reforma política que los radicales consintieron de puro oportunistas. Si los legisladores de la CC votaron una ley fue porque estaban de acuerdo y jamás para obtener algo a cambio. Carrió fue durísima como legisladora, pero también flexible como para armar un bloque opositor en diputados que resultó ejemplar mientras hubo voluntad política de los otros partidos para sostenerlo en lugar de conceder o distraerse ante las maniobras del oficialismo, antes de que empezaran las ausencias misteriosas en el recinto y los votos anómalos en las comisiones. Carrió no quiere saber nada con el kirchnerismo y nos representa a todos los que creemos que la destrucción del Indec, la manipulación de la pobreza, el manejo mafioso del dinero público y el uso de los medios estatales para la propaganda son razones suficientes para impedir cualquier clase de acuerdo con la fuerza política responsable de tales prácticas.

Entonces, ¿Carrió no cometió errores? No, al contrario, los cometió y graves. Aunque la mayoría no sé si se podían evitar. No me interesa hablar aquí de lo que ocurre en las bambalinas de la Coalición Cívica. Lo desconozco. Si Carrió maltrató a los suyos o distribuyó injustamente los cargos en las listas es una cuestión que quedará para sus biógrafos (es posible que así sea, pero no hay nadie más maltratador que la Presidente y allí está). Lo que intento explicar —o más bien explicarme— es por qué la propuesta más democrática y más honesta de la política argentina está hoy al borde de la desaparición.

Creo que la aplastante derrota de la CC comienza años atrás, con la (inevitable) conformación del Acuerdo Cívico y Social. Pero el momento clave es el día siguiente de las elecciones de 2009, celebradas en un momento de crisis económica mundial y bajo la locura de las candidaturas testimoniales impuestas por Néstor Kirchner. Hoy está claro que esa derrota del oficialismo fue engañosa, que el hartazgo del electorado fue circunstancial, motivado por un atisbo de inestabilidad, el recuerdo de la 125 y una crispación fuera de toda proporción. Pero en ese momento, los opositores pensaron que el kirchnerismo era un cadáver político y se descuidaron. Ese día el gobierno, desesperado, llamó a un supuesto diálogo que no era más que una evidente trampa. Carrió fue la única que se dio cuenta de que lo que había que hacer era consolidar la oposición parlamentaria y hacer efectiva la derrota del gobierno. Se negó a ir mientras que los otros partidos proclamaron su voluntad acuerdista y confundieron buenos modales con estupidez política.

En el ACyS, Margarita Stolbizer fue la primera en pararse en la puerta de la Casa de Gobierno para ser humillada por Randazzo. Mientras tanto, Carrió decía que el lugar para dialogar sobre cuestiones de Estado era el Parlamento. Ese día se rompió el Acuerdo Cívico y la oposición se empezó a descalabrar. (Es gracioso que dos años más tarde, a la hora del triunfo, cuando Cristina organizó una conferencia de prensa y le preguntaron si se iba a reunir con la oposición respondió que no había motivos y que el ámbito natural para el diálogo es el Congreso.)

Pero el problema sobre qué debía hacer la oposición en ese momento suena hoy muy fácil para los analistas aunque en la realidad era muy difícil. En primer lugar, el gobierno le ganó a Carrió una batalla importante en el Parlamento. Compró senadores (el bochorno Cabanchik fue increíble, para no hablar del caso Menem) y diputados, manipuló las comisiones, impidió las sesiones, convirtió el Parlamento en un adorno. Néstor Kirchner se dio el lujo de sentarse en la banca solo para votar el matrimonio igualitario. La estrategia de Carrió era crear un funcionamiento republicano distinto con eje en el Congreso. No hubo quórum y mientras todos los políticos se apresuraban a lanzar sus candidaturas, la economía mundial se consolidó, volvieron a subir las commodities y cuando se quisieron acordar el gobierno había retomado el control de la situación, otorgado la Asignación por Hijo, inventado el Fútbol para Todos y unificado su discurso de propaganda desde 678 (que no tiene rating, no gana votos, pero da cohesión y mística interna).

El kirchnerismo proponía “profundizar el modelo”, lo que en castellano se traduce como “seguir igual que hasta ahora”. Es decir, no ceder a la oposición ni siquiera en lo obvio (el Indec, por ejemplo, la propaganda totalitaria en el FPT, acatar los fallos de la Corte) pero tampoco iniciar ninguna modificación de fondo, ni impositiva, ni económica, ni social, ni de ningún tipo. Pero, eso sí, se aseguró todo el dinero que pudiera conseguir para obras públicas y subsidios saqueando las reservas del Banco Central y la Anses para distribuir en los territorios propios. Fue suficiente como para que en San Clemente del Tuyú, después de que el intendente perdiera por paliza, en dos años se construyera la terminal de ómnibus postergada por más de una década, la vistosa rotonda de la entrada, se remodelaran la calle principal y las plazas y se contratara una cantidad enorme de empleados públicos nuevos, con funciones de vigilancia urbana con una flamante flota de vehículos a su disposición. Así fueron estos dos años del kirchnerismo, poblados de obras menores y vistosas, la mayoría inútiles, pero señales de que la gestión estaba en marcha.

Frente a eso, la oposición se dio cuenta demasiado tarde de que, desaparecido el rechazo instintivo y frontal al gobierno, debía ofrecer no solo una simpatía personal y un vago espíritu de tolerancia frente al fanatismo K sino un modelo distinto de país que los ciudadanos estuvieran dispuestos a acompañar. En realidad, menos una plataforma que una imagen alternativa de la Argentina, una foto del futuro que el electorado considerara viable o al menos visible. Y eso es difícil de verdad. Todo lo que pudieron proponer los opositores fue lo mismo con más transparencia y con más solidaridad social. Pero si uno mira al mundo, encontrará que la solidaridad social progresista está en franca retirada y nadie sabe cómo implementarla ni en qué consiste exactamente. Hoy parecen quedar dos modelos a mano: la derecha más o menos tradicional y el populismo.

En América Latina el populismo lleva ideológicamente las de ganar y mucho más en una Argentina tan permeable al pensamiento totalitario, donde Fidel Castro es popular, las Malvinas son un motivo de orgullo patriótico y hay un 45% que apoya la gestión de Hugo Chávez. La derecha chilena, el ejemplo alternativo (Colombia está muy lejos), parece destinada a perder el gobierno y el resto, a partir de Brasil, practica una versión sui generis de la socialdemocracia que no está reñida con el discurso populista. En la Argentina, Macri está escondido porque la derecha sólo puede expresarse sin tapujos a nivel municipal: lo que el PRO pretende para el país no está articulado y no es siquiera publicable. Hay un vacío que solo se llena circunstancialmente con una candidatura afortunada como la de Del Sel, expresión de un populismo de derecha destinado a extinguirse si no cambian las condiciones exteriores. Duhalde, que claramente vio el problema, solo ofrece imitar a Brasil, pero la Argentina ya lo imita de algún modo en su anticuada prédica desarrollista. Y así siguiendo.

Vi a Tomás Abraham en televisión intentando resolver el mismo problema pero desde la óptica de Binner. Abraham decía que el Frente Progresista ofrecía algo nuevo, el “socialismo federal”, un concepto pintoresco y bastante absurdo que suena como eslogan novedoso, pero no se diferencia de la idea de Duhalde: ser como Brasil y como Uruguay, una socialdemocracia desarrollista. Es posible que Binner salga segundo en las elecciones de octubre. Es la figura oportuna de este momento: da una imagen honesta, moderada, suizo-criolla y no muy distinta del oficialismo. Promete más de lo mismo pero un poco mejor. Binner me cae bien como candidato y puede sacar más votos que el domingo, pero su arco político es muy limitado y su fuerza es un rejunte, poblada como está de politiqueros oportunistas como Stolbizer, Juez y Lozano y de cerebros confusos como De Gennaro o Donda. Tan confusos como Pino Solanas, su aliado hasta ayer, lleno de consignas nostálgicas que hablan del país de los trenes y el petróleo. Pero Pino, como buen publicista, también se dio cuenta de que le faltaba una imagen. Y por eso se bajó de la campaña presidencial, lo mismo que Macri. No es el aparato lo que les faltó a ambos, es una propuesta. Cuando las chicanas K acusan a los opositores de no tener propuestas, se refieren a eso. No alcanza con tener ideas sobre la modificación de los impuestos, la energía o la vivienda, sino de convencer a sus conciudadanos de que el mundo puede ser un lugar más decente para vivir y es conveniente arriesgarse al cambio. Pero es lo que el momento histórico no permite: basta mirar la crisis del capitalismo, los disturbios europeos, los cotidianos crímenes en Siria, la dictadura en China, el fanatismo de derecha en Estados Unidos, la masacre en Noruega, etc.

Frente a ese panorama de retroceso del modelo capitalista en sus distintas expresiones, el panorama latinoamericano evoluciona hacia la consolidación vitalicia en el poder de distintos sátrapas, de una camada de líderes bestiales y demagógicos dispuestos a hundir definitivamente a sus pueblos y cuyo único logro es paradójicamente la tan valorada estabilidad después de décadas de turbulencia.
En ese contexto, la tentación totalitaria del kirchnerismo es muy fuerte, pero también es muy fuerte la tentación de votarlo. Creo que Carrió se dio cuenta bastante bien de cuán escasas eran sus posibilidades, de cómo el voto republicano y moderado iba perdiendo posibilidades en la medida en que la clase media retrocede y se parte entre los acomodados y los desposeídos, ambos a merced de la voluntad del Estado. Y allí es donde cometió su mayor error que no fue táctico ni estratégico sino, por así decirlo, intelectual. Salió a imaginar un país distinto a partir de una utopía neoagraria, basada en la prosperidad del campo y su potencial para trazar desde la agroindustria y las ciudades medianas del centro del país un camino para terminar con la marginalidad urbana, terrible y ominosa consecuencia de la utopía industrialista. Carrió no advirtió o no quiso advertir que es muy tarde para eso o, en todo caso, no hay plafond suficiente para intentarlo. Carrió salió a buscar el voto del campo y en esas ciudades votaron por Cristina. Los empresarios rurales se comportaron como siempre se comportan los empresarios: conservadoramente y con simpatías hacia el gobierno a menos que los expropien. Y como la 125 ya pasó y hacen buenos negocios de nuevo, Carrió le ofreció una candidatura a Llambías que bien se podría haber ahorrado. No casualmente, Binner tiene el mismo problema. Y no casualmente, Carrió se tomó muy mal su candidatura y salió a disputarle clientes, algo que nunca debió hacer. Los ruralistas no se llevan del todo bien con la palabra socialista ni con la palabra democracia. Tampoco, en consecuencia, con la socialdemocracia.

El tema de la ruralidad es fascinante, pero no hay un ámbito donde darlo. Creo que Carrió tiene razón, porque de allí podría salir algo. Pero hoy por hoy ni Binner ni ella van a sacar agua de las piedras.
En fin, que esos votos no estaban disponibles desde mucho antes. Ni los rurales, ni los urbanos ni los marítimos. Porque cuando la balanza se inclina hacia la estabilidad, si los opositores moderados tienen muy pocas posibilidades, un opositor encarnizado no tiene ninguna. Y Carrió es la única opositora encarnizada. Por eso la voté y la seguiré votando si se presenta. Mientras tanto, creo que es hora de partir de cero (el tres por ciento es como cero) y pensar cómo se hace política cuando uno desprecia la mentira, la manipulación, la crueldad barata y el oportunismo pero intenta ser algo más que una fuerza testimonial cuando el pueblo se aferra con desesperación a lo que hay. Acaso no sea posible e intentarlo fue el mayor error de Elisa Carrió. O tal vez los tiempos mejoren.

- por Quintín

Comentarios

Mensajes

  • ¿O sea que el 96,76 % (50,07 % de los cuales son los peores) de los argentinos somos un rejunte de estúpidos y/o deshonestos y/o vagos y/u obsecuentes y/o ingenuos y/o conformistas y/o miedosos y/o delicuentes y/o mentirosos y/o manipulados y/o interesados y/o apátridas, en cambio vos formás parte del selecto e ínfimo grupo de elegidos que siguen ciegamente a la única esperanza de salvación que tiene la Argentina?.
    Creo que tu intento de encontrar una explicación al rotundo fracaso de Elisa Carrió como líder política se encuentra limitado por la distorsionada visión de la realidad que el odio que sentís hacia el kirchnerismo te permite apreciar.
    En definitiva (y hablando en criollo), creo que vivís en una nube de pedos (pedos de la Carrió para colmo) y que hasta que no salgas de esa nube no vas a poder interpretar la realidad de una forma cabal y objetiva que no se limite a endilgarnos las causas de tus frustraciones a quienes no compartimos tus ideas.

  • Quintin, ¿conoces la chicha? ¿y la limonada? Bueno, sabràs que, separadas, son gustosas, pero juntas son una poquerìa. Sin embargo, por lo visto a vos te gusta mezclarlas y tomarlas juntas. Te agarraràs una diarrèa galopante si seguìs asì.

    1- Ser opositor encarnizado, absoluto e intransigente, no es ninguna virtud en sì. Podès ser opositor absoluto, encarnizado e intransigente a la liberaciòn de esclavos, por ejemplo y eso no tiene nada de bueno.

    2- Es moralmente inaceptable asociar tus intereses a gente altamente inmoral (Biolcati y toda la Sociedad Rural) por morales que sean los fines que (decìs) buscar y eso vale para Carriò tambièn.

    3- Por ley, nadie puede apelar a su propia estupidez para justificar actos inmorales (como asociarse con gente de ideas o de comportamientos altamente inmorales). Carriò tampoco.

    4- Segùn mi opiniòn, es inmoral atribuìrse designios divinos (Carriò y su gran cruz colgada en el cogote). Si hay Dios, con seguridad que no necesita representantes terrìcolas. Y menos represenantes terrìcolas asociados a los Biolcatis, o los Llambias, de la inservible arìstocracia vacuna argentina.

    5- ¿Que tiene de malo tener nostalgia de que el paìs sea dueño de sus trenes y de su petròleo? Los ùnicos paìses que pasaràn al Primer Mundo seràn aquellos que tien el control sobre sus fuentes de energìa y a travès de los cuales su gente y y su producciòn industrial y a/o agroindustrial, puede moverse con poco gasto y facilmente.

    6-Yo prefiero la imagen "suizo- criolla" de Biner - por que èl ES un suizo-criollo honesto y modesto - a la falsa imàgen, de nòrdica de pura cepa, de la high class de Estocolmo, con la que Carriò nos quiere engrupir con su pelito platinado por la acciòn de la lavandina.

    7- Quisiera que me digas: ¿ donde, en que continente, se encuentra esa "utopia neoagraria" de la que hablàs? ¿Como llegàs allì? Te pregunto porquè allì quisiera irme a vivir. He oìdo que allà no hay Biolcatis, ni Llambìas ni Sociedad Rural ni sojeros, ni tabacaleros, ni poroteros gigantes. Solo hay pequeños productores agrarios. ¿No te habràs confundido con los koljoses?

    7- En cuanto a tu odio por la industria y tu amor por la agroindustria. Parece que no te enteraste de donde salen tus celulares, tus autos, aviones y medicamentos (libros no creo que leàs). Por lo visto, veo que tampoco te enteraste de donde sale la leche en sachès, las naranjas en bolsas o las papas fritas en bolsitas.

    Volvete a tu arbol Quintin.

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