Ópera: Un engaño con final feliz

Boris, el notable director de escena, tuvo la genial ocurrencia de transportar los hechos a nuestra ciudad aprovechando la historia de la batalla de Salta, por tanto en la ópera aparece el general Belgrano bien representado por Mauro Bruera, como personaje teatral.

Salta, viernes 18 de noviembre de 2016. Teatro Provincial. El Elixir del Amor. Ópera de Gaetano Donizetti con libreto de Felice Romani. Personajes principales: Nemorino (Sebastian Russo – tenor), Adina (Constanza Diaz Falú – soprano), Belcore (Luciano Garay – barítono), Doctor Dulcamara (Gustavo Gibert – bajo) y Giannetta (Josefina Viejobueno) – soprano). Director de escena: Boris Boris. Arte y utilería: Guillermo Pucci y equipo. Escenografía: María Silvina Ortiz y equipo. Vestuario: Inés Montanarini y Raúl Aquenes. Sobretitulados: Noel Antezana. Luces: Isaac Deza. Valioso equipo de asistentes, repetidores, personajes varios. Ballet Folclórico de la Provincia: Director Lito Luna. Coro de la Universidad Católica. Dirección musical: Maestro Jorge Lhez.

Donizetti fue un prolífico compositor de óperas. Compuso nada menos que setenta y cinco entre 1818 y 1845. Nacido en el norte de Italia escribió tragedias pero también comedias, algunas de enredado humor. “El Elixir…” es una de las segundas. La historia solo llevó a Romani una semana y la música a Donizetti apenas catorce días. Cuando el compositor tuvo la noticia de que Rossini, su contemporáneo, había escrito “El Barbero de Sevilla” en dieciséis días, tiempo asombrosamente corto, expresó con sorna “siempre dije que Rossini era un hombre muy perezoso”. Cuento esto para señalar que por esos tiempos el argumento era un tema secundario y solo servía para justificar el canto y la música que en rigor era lo que atraía a los públicos del siglo XIX.

La historia, brevemente dicha, cuenta del amor que el joven campesino Nemorino sentía por Adina, una niña rica e independiente. De pronto llegan al pueblo soldados encabezados por el sargento Belcore quien se enamora de Adina que acepta al pretendiente luego de haberle dicho a Nemorino que se quite de la cabeza el sentimiento que dice tener por ella. La tranquilidad de la gente se interrumpe por la aparición de un curandero charlatán que se hace llamar el ilustre doctor Dulcamara que ofrece medicinas para todos los males. Nemorino se aproxima y pregunta si sus filtros sirven también para el amor a lo que Dulcamara contesta afirmativamente.

Con sus últimos céntimos, Nemorino compra la botella y apura el vino que contiene con la esperanza de que con ello logrará el amor de Adina. Pero el vino solo le trae algo más de valor para insistir antes de que se realice la unión entre Belcore y Adina. Fracasa una vez más y concurre ante Dulcamara que le exige el pago de una botella adicional. Nemorino no tiene dinero y se alista en el ejército por lo cual recibe de paga veinte escudos para pagar a Dulcamara. Luego de algunas escenas Adina y Belcore resuelven casarse esa misma noche y cuando ésta llega a ver a sus amigas encuentra a Nemorino rodeado de esas niñas que se enteraron de la muerte del riquísimo tío de Nemorino con lo cual éste, de humilde campesino, pasaba a ser el hombre más pudiente del pueblo por la fortuna que heredaba. A todo esto, Adina recompra el contrato de Nemorino con el ejército, liberándolo y acepta su amor ante lo cual, Belcore que llega y los ve apasionados, dice resignadamente: “el mundo está lleno de mujeres”. Dulcamara aprovecha lo ocurrido y expresa a viva voz que todo es resultado de la magia de sus elixires y todos contentos.

Boris, el notable director de escena, tuvo la genial ocurrencia de transportar los hechos a nuestra ciudad aprovechando la historia de la batalla de Salta, por tanto en la ópera aparece el general Belgrano bien representado por Mauro Bruera, como personaje teatral. La escenografía acompañó la idea con arte y justeza en los dos actos permitiendo una buena participación del ballet y el resto de integrantes del coro. El Nemorino de Sebastian Russo gustó mucho. Recuérdese que se trata de un campesino de una pequeña aldea por lo que no debe ser el tenor dominante de otras óperas y éste justamente tiene un timbre que lo muestra como alguien de cierta timidez, enamorado de una niña que parecía inalcanzable hasta que su posibilidad se transforma por la herencia recibida. Además al inicio del segundo cuadro del segundo acto cantó muy bien “Una furtiva lágrima” que seguramente está entre las diez arias inolvidables de la ópera italiana que habla del imperceptible llanto de Adina cuando comprende el sacrificio de su libertad por parte de Nemorino. La Adina de la soprano salteña Constanza Diaz Falú manejó con talento las escalas de toda la partitura, conservó su volumen a lo largo de la ópera y entregó inalterable musicalidad. También personaje sólido reconocida por el oyente.

La otra soprano, la tucumana Josefina Viejobueno en el papel de Giannetta fue de menor mayor luciéndose en su solo con coro. Ambas, además, arrebataron con sus valientes agudos.

Luciano Garay es el barítono marplatense afincado en nuestra ciudad. Hizo un cuidado Belcore de voz profunda y notablemente bien puesta a lo que acompañó un movimiento escénico de cierta soberbia, propio del papel militar. Para el final dejo el lujo que fue tener al experimentado Gustavo Gibert en el pomposo papel del doctor Dulcamara, con no pocas actitudes payasescas, que intenta mostrarse convincente en su papel de medicucho que aprovechándose de la ingenuidad de los aldeanos, vende botellas de vino como si fueran elixires curatodo. Su casi “cavatina” ofreciendo sus productos y la gente comprándolos, fue de antología. Muy bien el breve pasaje del ballet provincial como también la participación de los aldeanos por parte del coro de la Universidad Católica.

No puedo obviar un problema ya repetido. Siempre hay una porción del público que conoce la o las óperas que se ponen en escena. Pero también está el otro público que desconoce el argumento. A alguien se le ocurrió, alguna vez, tecnología mediante, subtítulos con la traducción al español del idioma original. La primera vez que lo vi fue hace muchos años en el Teatro Colón con la ópera Porgy and Bess de Gershwin y me pareció una idea fantástica. Luego los teatros argentinos fueron de a poco incorporando este servicio. También lo tiene el teatro local. Pero quien diseña la iluminación de manifestaciones operísticas, debe tener en cuenta este tema. En un buen tramo de la ópera no fue posible leer el texto cantado en el escenario porque la letra blanca se tornaba invisible ante una poderosa iluminación escénica y para muchos la circunstancia fue frustrante.

Finalmente, la tarea del director musical, el maestro Jorge Lhez, fue óptima. En ningún momento la orquesta opacó al cantante, en todo momento la orquesta fue su apoyo y no lo arrastró en el tempo. Dejó fluir la bella música de Donizetti y mantuvo el control de las diferentes entradas instrumentales. La ópera es una manifestación artística inigualable. Es teatro cantado o canto teatralizado. Sea como sea, este género que por momentos puede parecer hasta infantil en su forma, sigue cosechando adeptos y artistas que lo hacen para disfrute de públicos de todo el mundo.