Venían y llegan invisibles en lo que fuimos, en lo que no tenemos miedo de ser, en lo que somos
Mario ya se fue, se marchó esculpiendo derroteros para acercar lo infinito en la palabra que aguarda en una esquina de la Luna, en el bar del desconsuelo o en la falda de la vida, para permanecer en el rocío de los instantes en signos calcinados
Condenados de la Tierra, yerma, por falta de agua de lágrimas minerales de ojos que invocan en el desierto, el futuro de lo que debió, acaso, ser, pasado escrito no acaecido, en las voces que sembraron la libertad carmesí con segundos enrojecidos. Benditos porque dudaron, porque fueron débiles, porque acariciaron los besos que nacían soles, y nos multiplicaban fuertes, esculpiendo derroteros para acercar lo infinito en la palabra menos obvia o próxima, que aguarda en una esquina de la Luna, en el bar del desconsuelo o en la falda de la vida.
Venían y llegan invisibles en lo que fuimos, en lo que no tenemos miedo de ser, en lo que somos, para levar, amasar la harina del Tiempo y esperar que se cueza la noche en hostia que se desarmará en las venas, y alimentarán los matices para no ser absolutos ni maldecidos con la eternidad, que con permanecer en el rocío de los instantes es casi suficiente para no desesperar de lo que ha sido, de lo que nos sostiene y de lo que puede llegar con el cartero de lo posible, que es a veces, una galaxia de alternativas y esperanzas, que se riegan en los signos calcinados de un lenguaje negro y vidente para los emancipados del abandono, de los trabajos, de los días y de las siluetas del desencanto.
Hesitación suave, casi de mudos, bordada para mejor por mi queridísimo Valentín Marcel, cuando gubia en el ébano de las metáforas, que en circunstancias en que los que incomodan son los otros, uno se refugia (porque no somos sino refugiados políticos, como Marx) y esconde:
“[...] sucesivamente esas horas [...,] que eran bastante apacibles e inviolables como para [...] darles asilo [...]”

