Jueves 13 de agosto de 2009, Hugo Luis Daher

La belleza del hedonismo

Cuando pienso en la naturaleza humana Sigmund Freud se me viene abajo. En realidad parece un protestante no declarado ya que contrariamente se puede ver al hombre como guiado en su evolución por el instinto de vida orientado hacia la felicidad plena y no como algo enfermizo que hay que tapar, poner en el olvido o reprimir, según la dinámica Ello-Yo-Súper yo.


A veces ver a la persona en positivo cuesta una barbaridad y realmente hablamos de una bajísima autoestima del “ser” de las gentes…hasta el mismo instinto del placer y sobre todo el sexual cae a no pocos como repulsivo y asqueroso siendo este uno de los deleites más grandes e intensos que Dios nos dio.

Recorriendo los caminos de la vida esta te guiña un ojo y pocas veces nos damos por enterados de su seductora intencionalidad de llevarnos por sendas felices; estamos como atrapados por prejuicios y moralidades vanas y estúpidas, así desperdiciamos madurez, amor, afecto, alegría, unión, ¡y tantas cosas!, sacrificándolas en la cruz de los temores y de los miedos; poderosas fuerzas ocultas que nos paralizan y nos frustran en el andar hacia la felicidad.

Imaginar imposibles es fácil pero estamos escondidos en falsas seguridades protegiéndonos en el sarcófago de la existencia llenándonos de sombras, frío y muerte… Imaginar imposibles es soñar realidades, ir tras las esperanzas y llegar al puerto Bienaventurado. Imaginar imposibles es poner los pies sobre la tierra, es estar encarnados.

Nadie quiere quedarse sin la parte que le corresponde en esta vida, esa porción de torta del paraíso que se hace desear porque te llena sin perder lo sabroso, sin relajarte y para colmo te deja con ganas de seguir degustándola: su sabor, su color, su olor… Ahí está, al alcance de cada uno pero como haciéndose esperar, como escondida y algo difícil, ¡claro, no es para cobardes saberla tomar!

A decir verdad, el placer más grande va por el instinto más grande, más intenso y más profundo, trascendiendo lo físico (pero pasando por este indefectiblemente) y llevándonos al encuentro del otro. Este otro que significa, y es, el Reino de los cielos aquí y ya en la tierra.


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