La Sinfónica, Lhez y un programa de lujo

Bartok era un notable de la música de su tiempo. La música de Respighi fue favorita de algunos políticos de la Italia que intentaba, en algunos círculos, ingresar en un ambiente quasi pagano. Finalmente, el plato fuerte de la noche. La orquesta pasa de la vehemencia a los momentos de ensoñación con la participación del concertino

Salta, viernes 14 de octubre de 2016. Teatro Provincial. Solista: Martín D’Elía (violonchelo). Orquesta Sinfónica de Salta. Director Maestro Jorge Lhez. Música para cuerdas, percusión y celesta, Sz 106 de Bela Bartok: 1881-1945 (*). Adagio con variaciones para violonchelo y orquesta de Ottorino Respighi: 1879-1936 (*). Don Juan op. 20 de Richard Strauss: 1864-1949. Aforo 90%. (*) Estreno en Salta.

Todo comenzó con la particular formación de dos grupos de cámara enfrentados, en el centro arpa, piano y celesta y atrás la percusión. Se trata de una obra maestra del húngaro Bartok, creativa, intensa, singular, originada en un pedido de Paul Sacher, fundador de la Orquesta de Cámara de Basilea y ferviente admirador de la música contemporánea. El autor se dispuso a brindar un aporte que para la época llamaba la atención por su manera de articular los grupos enfrentados en cuatro movimientos lento-rápido-lento-rápido donde no están ausentes páginas completas de bailes populares de su región. Bartok era un notable de la música de su tiempo. Comienza con la máxima herramienta del contrapunto, una fuga magistral sobre cuatro notas. Sigue con un movimiento casi neoclásico respetando la forma sonata dentro del cual hay crescendi, que luego repite y que avizoran años difíciles para la Europa central. Luego esa música nocturna tan común en la producción del autor para cerrar con una especie de liberación de fuerzas bienhechoras. El maestro eligió un tempo ligeramente más lento que la tradición lo que no fue obstáculo para lucir la capacidad orquestal.

La música de Respighi fue favorita de algunos políticos de la Italia que intentaba, en algunos círculos, ingresar en un ambiente quasi pagano. Y no porque su carácter programático tuviera algo que ver sino porque los frescos sonoros podían ser considerados como representativos de su exuberancia vital. Además, tuvo de maestro en composición nada menos que a Rimski-Korsakov con lo cual la mezcla del alma rusa con la elegancia y el refinamiento del norte italiano, era casi de Perogrullo. Martín D’Elía lució su parte solista con solvencia, musicalidad, y una buena demostración de sus innegables condiciones, felizmente acompañado por una orquesta sutil y eficiente.

Finalmente, el plato fuerte de la noche. En lo personal, de los poemas sinfónicos escritos por este desbordante alemán, Don Juan es el que más me gusta. La pintura del personaje basado en un poema de Klaus Lenau, que habla de su carácter licencioso en la búsqueda del amor perfecto, genera una composición de libre estructura que se inicia con una aproximación al rondó. La orquesta pasa de la vehemencia a los momentos de ensoñación con la participación del concertino. Estos últimos son las mujeres que acompañan a Don Juan, cuya presencia masculina está en el famoso tema de los cornos. Hasta llegar al ardiente final que de pronto consume dramáticamente al frío y oscuro corazón del protagonista. Se lució la orquesta y el Maestro Lhez hizo una verdadera apología de su batuta directriz. Su manejo de las sonoridades, sus cortes, sus aperturas de frases, sus entradas, fueron de primera exigencia, casi rondando la exquisitez y el público lo reconoció con un exultante aplauso.

- Foto de portada tomada de la página del Director (foto ilustrativa)

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