La Revolución Rusa interprela al futuro

Estamos, en términos históricos, en las vísperas del centenario de la fecha más importante de la Humanidad: la Revolución Rusa.

“Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con esos sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. V.I.Lenin

Hoy, 7 de noviembre de 2016, se cumplen 99 años de aquella gesta, en la que los explotados de la Rusia zarista tomaron el Palacio de Invierno y el Poder, guiados y vanguardizados por los bolcheviques. Con Lenin a la cabeza, estos se propusieron crear una sociedad totalmente diferente a la que los seres humanos habían modelado a lo largo de la historia: una donde no existiera la explotación del hombre por el hombre, ni sus consecuencias nefastas, la desigualdad, la injusticia y la miseria.

La Revolución Bolchevique abrió la puerta de innumerables procesos revolucionarios en el mundo que maduraron a su luz. Hizo ver que se podía. Y es que, más allá de las diferencias culturales de los pueblos de la Tierra, ninguno escapaba (ni escapa) a las lacras de la explotación y la pobreza. La virtud de los revolucionarios rusos fue comprender la realidad de su pueblo, su cultura y nivel de consciencia general, sus angustias y aspiraciones, todo enmarcado en la teoría revolucionaria que ha guiado a millones de personas desde mediados del siglo 19: el marxismo. Por supuesto que eso no fue casualidad, pues fueron Marx y Engels quienes mejor explicaron la estructura de la sociedad capitalista de la época, y la relación de poder de los explotadores sobre los explotados de todas las épocas.

Octubre (según el calendario juliano), la Revolución, el Estado Soviético, su esplendor y sobre todo su caída nos llaman desde la esencia de la Historia Humana para interpelarnos a quienes tuvimos aquello como un faro, como norte, y a quienes sueñan con un mundo donde el hombre sea hermano del hombre y nunca lobo.

Es necesario erradicar el culto y analizar aquél periodo con la rigurosidad que exige la ideología que le dio sustento: más allá de las pasiones, lejos de toda idealización, que es lo que hubiesen hecho y exigido, en definitiva, los mismísimos Marx, Engels y Lenin.

No puede ignorarse semejante implosión después de 70 años de experiencia soviética, derrumbe que el pueblo atestiguó desde sus casas. Que la caída haya sido una experiencia de las contradicciones de la cúpula, tiene todo que ver con la forma en que se desarrolló aquél Estado después de la muerte de Lenin, donde el PCUS llevó las riendas y relegó a la clase a recibir los “beneficios” de las políticas del partido, en lugar de socializar el poder en las masas, contradiciendo al propio líder de Octubre cuando, en sus Tesis de Abril había labrado la consigna “todo el poder a los soviets”. Eso, en los hechos, no ocurrió nunca. Como tampoco se vio la etapa del socialismo, si se entiende como tal la socialización de los medios de producción y el gobierno de la clase (y no del partido): en lo que vulgarmente se conoció como “socialismo real”, nunca se superó la etapa del “capitalismo de estado”, donde la burocracia del PC se transformó concretamente en la nueva burguesía.

Si la característica principal del sistema capitalista es la propiedad privada y el trabajo asalariado, en el bloque soviético la propiedad privada pasó a ser “estatal” pero nunca “social”, y el trabajo asalariado… nunca dejó de existir.

Tal vez por ese lado, porque las desigualdades nunca se extinguieron, haya que buscarle la vuelta a la explicación de semejante fracaso.

Quienes vivimos aunque sea algunos años de aquél mundo extinto, donde la clase obrera (con las desviaciones del caso) había logrado niveles de organización tales que podía discutir la organización de la Humanidad con la burguesía imperialista, hoy somos apenas sobrevivientes del naufragio. La realidad nos ha golpeado de manera brutal, y nos exige asumirla con entereza pero también inteligencia, dignidad y humildad. Venimos de una derrota. Y esa derrota ha calado en la sociedad mundial transformándose en cultura, lo que se suma a la cultura ya impuesta por la burguesía como clase dominante y su modo de producción.

Marx y Engels explicaron claramente cómo se organiza la sociedad capitalista, dividida en la estructura, donde se desarrollan el modo de producción y las fuerzas productivas, y la superestructura, donde se desenvuelve la ideología dominante en la sociedad y crea su Estado, sus leyes, sus instrumentos de represión. También explicaron que toda relación en la naturaleza es dialéctica y en las construcciones humanas también. Y que por lo tanto, tanto en la estructura como en la superestructura se expresan las contradicciones que genera el sistema: en la estructura, la contradicción económica y social palpable y concreta que es la de los intereses de los capitalistas contra los intereses de los trabajadores; y en la superestructura, la ideológica, donde la burguesía ha impuesto e impone la suya, en detrimento de la de los trabajadores, hoy más confusa que nunca.

Más allá de lo que quieran esgrimir los denostadores del marxismo, queda expuesto que Marx y Engels se ocuparon de las cuestiones objetivas de la explotación capitalista, expresadas en la estructura social, basándose en las formas del capitalismo de su época; pero también de las cuestiones subjetivas, expresadas en la superestructura y tan importantes o más que las meramente economicistas. “El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan” decía Marx, y con ello hacía hincapié en lo verdaderamente importante de su pensamiento: si había respeto entre los seres humanos, habría igualdad y si había igualdad, habría pan para todos. “De cada quién según su capacidad, a cada cual según su necesidad”, otra de las frases humanistas del gran Karl.

Si el modo de producción genera las ideas para sostenerlo y con ello los privilegios de quienes dominan, su imposición en la sociedad toda genera una cultura, entendiendo la cultura como los usos, tradiciones y costumbres de un pueblo. Es por eso que para el trabajador del sistema burgués, no hay trabajo si no hay patrón, y no hay otra realidad que la que vive. Su lugar en la sociedad está determinado de antemano y no se puede modificar. Para afirmar ello, están las herramientas del sistema más allá de los lugares de trabajo, como los medios de comunicación masivos o los planes de estudio en las políticas educativas. Entonces, es allí donde debe estar la tarea fundamental de todo revolucionario: en interponer la cultura de lo nuevo (el socialismo) a la impuesta por la clase dominante, a través de la acción política. La revolución no es un instante, es un proceso que implica la acumulación de todo el conocimiento humano en el marco de la lucha de clases.

Hay que entender que sólo con el convencimiento de las masas, con el cambio de paradigmas superestructurales en la estructura social, cualquier cambio será duradero. Es decir, se pueden discutir las diferentes visiones de la política revolucionaria, se pueden y se deben debatir las tácticas y hasta las estrategias, pero lo que no puede dejar de verse es que para abordar las conciencias de los pueblos debe hacerse desde la coherencia ideológica para que el mensaje sea potente y creíble. Sin embargo, la confusión en el espectro revolucionario es total.

Así como hay quienes se han quebrado o vendido a los brazos del Capital, pasando a ser la izquierda que legitima el sistema, hay quienes creen que “la verdad” está encerrada en cada uno de los grupúsculos que lo componen. Y digo grupúsculos no en forma peyorativa, sino más bien descriptiva, porque está claro que el pensamiento de izquierda es marginal a nivel de masas.

A pesar de ello, de manera delirante, creen que todo militante debe seguir sus consignas, sus políticas y sus estrategias, tildando de “contra” al que no lo hace. Generan un dogma que mata de hecho al espíritu crítico que dicen tener y fomentar. Y como cada grupo cree y hace lo mismo, el resultado es la división permanente. En lugar de dialogar y debatir como exigen la ideología y la razón para tratar de encontrar el mejor camino, cada uno se planta en la suya… y los burgueses de fiesta. La izquierda entonces aparece como un “manojo de loquitos” ante la clase y el pueblo que dice querer liberar. Todos dicen más o menos lo mismo, pero todos se pelean entre todos, lo que les hace perder credibilidad ante las masas.

Es imposible el pensamiento único, es contrario a la naturaleza humana, por lo tanto, pretender organizar a la clase o incluso a la militancia bajo esa premisa es absolutamente contraproducente. Va en contra de los objetivos que se dice tener. La realidad de la izquierda hoy, en nuestro país y en el mundo también, es la de un sector de la sociedad con aspiraciones adultas pero comportamiento infantil. Un sector de la sociedad que dice querer dejar atrás la cultura de la burguesía, pero que la termina reproduciendo en todo lo que pergeña. Un sector de la sociedad que dice estar en contra de la propiedad privada, pero que cada espacio que genera considera propio y no socializable. Deberemos madurar más temprano que pronto porque la división ya no es tolerable y es absolutamente funcional a los privilegios de los explotadores del mundo.

Eso es lo que nos demanda Octubre y la memoria de los bolcheviques, a casi 100 años de su heroica gesta: ser merecedores de su legado, asumiendo lo que realmente hay que hacer, dejando de lado todo lo que nos divide. Debatir cómo combatir a nuestros enemigos de clase sin tratar como enemigos a los que quieren lo mismo que nosotros pero con algún matiz. Tolerando desacuerdos y hasta contradicciones con quienes compartimos los sueños de un mundo justo.

Lenin nos llama desde el fondo de la historia. Marx y Engels nos convocan. Los bolcheviques nos interpelan. Sin dudas, un Congreso de la Izquierda revolucionaria se impone como el futuro a abordar, para dejar atrás los vicios de la vieja izquierda y su división eterna. Sólo así seremos dignos de aquellos que escribieron la página más gloriosa de los marginados de la Tierra.

- Buenos Aires, 7-11-16

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