Juana Azurduy (Una revolución inconclusa): el milagro puede ocurrir

Aplaudida en Buenos Aires. La actuación de Marisa Ruiz fue elogiada por Jorge Dubatti de manera personal. Las cosas llegan hasta los oídos de los periodistas como un susurro, en este caso alentador para el elenco de este unipersonal dirigido por Mario Cura y escrito por Violeta Herrero.

No quise dejar pasar la oportunidad de resaltar el éxito de nuestros actores. Y en este caso se trata de la actriz Marisa Ruiz, del grupo El Altillo, quien recupera la energía vital de la actuación para transformarse en esa mujer del pasado: Juana Azurduy.

Destacable por cierto esta presentación realizada en el Centro Cultural Marcó del Pont, estrenada el 29 de enero, en un verano caluroso que se tornó aun más, por el aplauso generoso del público porteño. Y estas son cosas que nos deben alegrar. Subrayables, absolutamente notorias.

No he visto la obra. He recibido la noticia de su realización y me ha parecido oportunísima contársela a nuestros lectores. Jorge Dubatti habría invitado al grupo salteño a poner la obra en un teatro de la calle Corrientes.

La patriota guerrillera del Alto Perú merece ser puesta a vivir desde el teatro, hecho que además entronca con la manifestación más hermosa de una revolución libertaria que celebramos en los tiempos que corren. En momentos en que uno relee la historia y piensa en un Moreno héroe, en un Rivadavia antisanmartiniano, en un Roca cobarde y genocida y en un Saavedra traidor, figuras femeninas fluyen desde las páginas para volvernos a contactar con nuestro pasado.

Qué mejor que citar este pensamiento de Rodolfo Walsh que usa Felipe Pigna en uno de sus libros, para desmenuzar con cuidado los despropósitos de la ignorancia: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Azurduy recibió el sable de Belgrano, y como se sabe, vivió en Salta durante un tiempo y murió en la completa indigencia, en Chuquisaca, cuando tenía 82 años. La Flor del Alto Perú fue una mujer valiente que llevó los ejércitos de la revolución hacia la victoria. Su único patrimonio fueron sus lágrimas.

Juana Azurduy (Una revolución inconclusa) recupera a esa mujer en su vejez. Dice el grupo El Altilllo: “Rescatarla de ese desierto es una de las posibilidades que nos brinda este poético y conmovedor unipersonal que se instala lejos del estereotipo y el relato épico, dándole a esta mujer una humanidad que la hace grande de verdad”.

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