Preestreno de la obra el 12/03 en Actores (Alvarado 147)

“Hay cadáveres”…. Teatro contra la impunidad

Lucila Lastero ingresa a la nueva dramaturgia salteña con una obra que hace temblar las débiles estructuras del poder. Es un teatro que interroga sobre los crímenes no resueltos y que propone revolver la basura, no pasar por un tubo, no mirar para otro lado, no caer en la indiferencia. En una sociedad donde los perdedores son los mismos de siempre, la dramaturgia comprime en la escena la complicidad siniestra de las altas esferas. Acertada mano del director Juan Carlos Sarapura en la dirección de actores en una prometedora puesta que irá reforzándose hacia la armonización de los signos.

“Hay cadáveres” en todas partes. Un loco, interpretado por José Belbruno; una trans, actuada por Georgina Mons; un civil de nombre Rodó, en la piel de Guillermo Enrique Castro y un policía de la brigada, interpretado por Rodi Elbirt. El espacio permite configurar sitios reconocibles de nuestra Ciudad, aquellos que bordean la muerte: cementerio, hospital psiquiátrico y zona de prostitución. El universo de la marginalidad se percibe en la atmósfera recreada. De a ratos uno siente ingresar en un espacio sobrenatural, por lo que creo, ese cruce propone que no sólo las muertes físicas son transversales en esta dramaturgia, sino también aquella que propone la negación de estos seres. Son héroes antiheroicos: nunca llegarán a ser importantes porque son maltratados por la sociedad, pisoteados; y sus desapariciones no serán tapas de ningún diario. En este punto, Lastero abreva en la escritura de Arlt, no por nada es aludido permanentemente durante la obra. Como el autor de “El juguete rabioso”, quien trabaja en la construcción de personajes antiheroicos, marginales, de un profundo desamparo, pobreza y soledad; así la autora de “Hay cadáveres” coloca en primera plana este tipo de personajes que habitan en el plano de la vacilación.

En la obra subyace la idea de la desaparición de los poetas en un juego de apariencias de parte de un personaje que pretende ser un hombre común, alguien que cambió la pluma por un arma de fuego. Ser poeta no es rentable, es otros de los planteos de esta obra, es un “ocupante” más dentro del no-sitio de los marginales. Se recurre a la idea que circula en el imaginario colectivo acerca de que ser escritor no es un trabajo. El personaje no escapa de esta “hipótesis” social. El poeta en esta historia es otro cadáver. Ampliando el sentido, podríamos pensar que ciertos profesionales también van desapareciendo ante la necesidad de buscar una salida laboral rápida. Es el caso del policía. Nunca quiso serlo pero la necesidad de obtener un trabajo lo indujo a dejar su carrera de médico.

De manera que los que circulan o vagan en este mundo representado, son muertos vivos. Por diferentes razones han perdido sus causas nobles para enrolarse en aquellas que les permitan subsistir al precio que sea. En esta carrera paradójica del solo estar, la trans es la única que aspira a una vida mejor y sin embargo, sus alas de libertad serán robadas como consecuencia de haberse atrevido a desafiar al poder.

Y la estatuilla es para… Georgina Mons, quien a pesar de tener ciertos “tics”, compone de manera eficaz y convincente a Dafne, una trans que arrima su historia tan desgarradora como atrapante. Su participación en la obra es vital y me atrevería a decir, imprescindible. En tanto Belbruno, le agrega el necesario contrapunto del caos frenético. Su creación hiperbólica desajusta para ajustar, pues en toda locura hay un grado de cordura. Estos olvidados del sistema vagan en las noches con sueños de grandeza… o de redención. En tanto la fuerza “bruta” llega del lado del policía hecho por Elbirt con sus frustraciones y tragedias, mientras el cinismo se apodera del personaje creado por Castro, en un in crescendo más que conmocionante.

Hay cadáveres de mujeres en una fosa común: las francesas, las trans, las travestis y las prostitutas. Son parte de un sistemático ocultamiento de la verdad. Sus crímenes son parte de una impunidad garantizada. La deliberada omisión de la verdad permite al espectador llenar los espacios en blanco.

Y es allí donde el teatro se vuelve necesario. La recuperación de los interrogantes es tarea de una sociedad. “Hay cadáveres” es otra forma de protesta. El arte cumple su misión frente al carácter elíptico de las instituciones. El teatro dice aquello que se oculta. La historia marco da la señal de una espera trágica. Resta imaginar cuáles hubiesen sido los titulares del día después en los diarios salteños.

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- Fotos tomadas por Salta 21

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