Foucault (III). La sonrisa melancólica, ocasionada por el horror

La demencia no es lo exterior a la raison, sino que es su interior inconfeso. Peor; la sustancia del mundo es la locura –y si todos estamos algo insanos, ¿por qué esa aflicción por castigar en el otro la demencia que compartimos?

Paul-Michel únicamente se “… interesa por los gestos y los criterios de la exclusión; (nunca por) los excluidos …

Guinzburg, Carlo: El queso y los gusanos. El cosmos, según un molinero del Siglo XVI. Muchnik Editores, S. A., Barcelona, 1999, 8 [vociferé que Foucault, aun cuando fuera un escritor con un estilo de literato gigante, no era rival de Marx, como para justificar que diseminara que él, Paul-Michel, había disuelto a “ese señor” del que no deseaba que le hablasen más (ir a http://www.salta21.com/Marx-Theatrum.html), pero que un historiador con pretensiones de Rey de las Ciencias Sociales, cometa ese dislate con el lector de Sade, exige poner las tildes en su sitio –es asombroso como este tipo de intelectuales, se las arregla, a pesar de incurrir en abultados errores, para acaparar su minuto de fama, a causa de los repetidores, docentes pregoneros, que habitan en las universidades]

Cuando el amado por Defert no era una “vedette” y cuando Louis René no reconstruía a Karl, con el tono rimbombante de un Toni Negri, el gustador de Nietzsche decía que las “… mujeres, los prisioneros, los soldados, los enfermos en los hospitales, los homosexuales han abierto … una (pelea) específica contra la forma (singular) de poder, de imposición, de control que se ejerce sobre ellos. Estas luchas (integran) … actualmente (el proceso) revolucionario, a condición de que sean radicales … Y estos movimientos están unidos al (proceso rebelde) del proletariado … en la medida en que él ha de combatir … los controles e imposiciones que reproducen (por doquier) … todas las formas de ejercicio y de aplicación del poder”

Foucault, Paul-Michel et al.: Microfísica del poder. Las Ediciones de La Piqueta, Madrid, 1979, 86 [es entonces, obvio que el crítico del Psicoanálisis sí se interesó por los segregados, por los “nadies”, por los marginados]

Deleuze acoplará que cuando se intenta “… reventar (el sistema con) la más pequeña reivindicación … (cualquier) … ataque revolucionario(, aunque sea parcial,) se (ensambla) … con la (insurgencia) obrera” –ídem [este Louis René, se ubica lejos de ese otro que hilvanará una estupidez tras otra en desmedro de Heinrich, en Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia. Equipo Editorial Cactus, Buenos Aires, 2005]

Segunda “Cerificación”

El tomo dos del hojaldre que glosamos, posee una Tercera Parte.
Esta sección se compone de la Introducción.
En ella, el galo estudia El sobrino de Rameau. Es para mostrar que la Sinrazón es algo que es más amplio y abarcador que la locura; la novela de Diderot, revela que otra figura de la Sinrazón es la bufonería, el ser ridículo.
Sin embargo, la Sinrazón que asoma aquí es la que proviene de un filósofo que no está demente. En ese aspecto, el libro de Denis no es el escenario de una Sinrazón como la de un pensador que acabará loco, que es el caso de Nietzsche, o de un artista insano, como en el ejemplo de Artaud.

Diderot esgrime que sin el alienado, la “Raison” se aburriría en su blanca racionalidad. Va más lejos; el sabio, en tanto encarnación de la Ratio, se opone al loco, por lo que el “σοφός” es sabio por distanciamiento con el alienado, lo que ocasiona que el bohlale, al definirse por referencia al desquiciado, es sabio no por sí mismo, sino por el espejo que es el “loco”, con lo que el għaqli es un sabio que posee en calidad de compañero al insano. La “demencia” es lo que, por su alteridad, le garantiza al σοφός su racionalidad. Sin el alienado, no hay cómo establecer lo que es el sabio. La locura es la “raison” de que la Razón sea ratio

La consecuencia es que sería “… estar (desquiciado) de otro modo, el no estar loco …” –p. 6. [aflora acá otra vez, la amarga ironía del admirador de Sade (lo que culturalmente, arbitrariamente, se denomina “razón” es un grado menor de insania y no de normalidad absoluta, por lo que lo tremendo es que los que son un porcentaje de enfermos que son menos desquiciados que otros alienados, detenten los poderes para condenar a sus pares en la enfermedad, a sus iguales en la locura, a sufrir el internamiento, sin que los menos dementes que aplastan a los otros alienados, padezcan el encierro, siendo los que disponen la internación)].

La demencia no es lo exterior a la raison, sino que es su interior inconfeso. Peor; la sustancia del mundo es la locura –y si todos estamos algo insanos, ¿por qué esa aflicción por castigar en el otro la demencia que compartimos?

Denis manifiesta una experiencia de la locura que en rigor, no le permitirá a Occidente legitimar nunca a causa de qué encierra a los desquiciados (el término “experiencia” aparece insistentemente, lo que en una noche de un lejano día de 1993, en Ciudad del Milagro, me hizo observar Federico Juárez, el que fue profesor en Introducción histórica a la Filosofía, Carrera de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta, de la que se fue a raíz de que lo hicieron perder un Concurso con un “apadrinado” por el establishment de turno y su dolor fue tal, que decidió no presentar jamás su Tesina de Licenciatura, siendo más consecuente que yo en su protesta en desmedro de la academia).
Europa encuentra la forma de romper con lo que sugiere Diderot; en el ‘900, se destila la noción de “patología” para justificar por qué el logos se distingue de lo insano. La locura es patológica; lo normal, no.

Segunda Primeridad

En el Capítulo I, el re edificado por Louis René en una de sus obras, delinea que lo desquiciado vuelve a fascinar a Occidente.

La locura se hace tema de inquietud y de preguntas. Asoman timadores, charlatanes, ingenieros de grandes proyectos demenciales… ¿Cómo clasificar a esos personajes? ¿Están alienados? ¿En qué consistiría su insania? ¿Qué legitimaría separarlos de los que parecen normales? ¿Dónde internarlos?
Al mismo tiempo, un cambio se produce a mediados del Siglo XVIII. Otra vez, se reactualiza el miedo que se tuvo a los leprosos. Ese temor repentinamente instalado, es un miedo, no a la lepra, sino a que los enfermos de cualquier tipo y a que, por descontado, los locos, diseminen sus dolencias, esparzan lo alienado.
Los distintos sitios de confinamiento, son lugares donde se fermenta la descomposición y se extienden los poderes de la corrupción.

La sentencia de p. 13 es significativa porque el poder no se ejerce desde los fuertes a los débiles, desde los que internan a los encerrados, desde las clases explotadoras a las clases dominadas, sino que los poderes vienen y van desde y hacia todos los puntos. Es la primera intuición de esa hipótesis en Foucault, aunque sin tejerla con la lucidez de Vigilar y castigar, descontando los ataques a Marx, el cual también se había percatado que el poder funciona escurriéndose por todos los poros, dado que una fuerza puede ser, acorde a lo que está en la Correspondencia, alternativamente, opresora de otra potencia o sometida a otra fuerza.

Ese temor no se gesta en los espacios que se imaginan habitados por los poderes; el miedo es propagado por los sectores populares y son los que les imponen al poder del Estado que investigue. Los segmentos no acomodados ejercen sus poderes para impulsar al Estado y a sus burócratas para que indaguen –p. 14.
Esa preocupación de la gente, impulsa que surjan eruditos que planeen sistemas de ventilación para los lugares de confinamiento. La Medicina se hace eco de algo que le llega desde los sectores no privilegiados, que son la población a la que discursos como el de la “Medikuntza” debieran controlar [otra media sonrisa de Paul-Michel (los que pueden ejercer su poder para alterar el régimen a su favor, demandan que sean afectados por otras potencias que merman el poder de los muchos)].
Por añadidura, los segmentos no destacados, al proponer que se evite que las enfermedades y la locura se propaguen, obligan a que el internamiento se vuelva más duro. Los sectores no privilegiados se tornan crueles con los asilados. Un placer por generar sufrimiento en el confinado se amplía; los segmentos no acomodados son los primeros en ejercer el sadismo, el goce con el dolor, previo a que aparezca el Marqués –p. 17 (en esa perspectiva del lector de Kafka, asoma un cierto elitismo, el que era consustancial a Foucault y por ello, yerra en sus análisis políticos inmediatos y en su rebote sin amortiguaciones, de lo que para él, esparció Heinrich).

Con lentitud, el miedo difuso a las dolencias y a los insanos, se concentra en un temor hacia la locura. Los médicos se ponen en la faena de elaborar otra Nosología, que es tan desquiciada como las otras que se articularon –otra carcajada del gustador de Roussel, reclinándose y poniendo una de sus manos en la cabeza

La demencia puede desatarse por malas influencias climáticas; por el exceso de libertad; por la facilidad en la disponibilidad de los bienes; por la multiplicidad de opiniones, diversidad que pierde a las mentes sin criterio; por la tendencia a la envidia; por las querellas; por una devoción religiosa aguda; por la curiosidad; por una sensibilidad exacerbada; por un amor sin frenos a lo estético; por el anhelo de conocer; por la lectura de novelas y de ficciones, en especial, en las mujeres; por no saber vivir para envejecer con parsimonia; entre otros innumerables y absurdos elementos.

Se cae en la cuenta de que los primitivos no son locos y que por ende, la evolución de las sociedades introduce una degeneración imperceptible que torna propensa a cada generación posterior, a ser más débil frente a la insania que los individuos de 30 años antes. Freud será uno de los que desechará esta teoría delirante, pero será uno de los que asociará la alienación con el medio social burgués de su época (como puede apreciarse, el consultor de Nietzsche no considera que el gesto de Šlomo sea un avance; no dice nada –por el momento).

Segunda “Atesis”

En el Capítulo II, Paul-Michel enuncia que el miedo a los desquiciados se convierte en un murmullo continuo con relación a que la locura aumenta.

Sea correcta o no esa sospecha, el internamiento se incrementa.

Los insanos no son únicamente encerrados, sino que los enfermos del espíritu se transforman en dolientes a los que hay que cuidar (se percibe acá, lo que será el paso que conducirá del confinamiento al tratamiento que intentará el Psicoanálisis).
La locura, en la segunda mitad de la centuria, se vuelve una enfermedad menos confusa y se la aísla con mayor efectividad –la preocupación por el cuidado, no deja de ser una excusa para ejercer el poder contra los alienados. La demencia es desmotada de las distintas figuras de la Sinrazón, como la del desocupado, la del libertino, la del vagabundo, la del derrochador.

Dentro de los locos, se tiende a hacer otra taxonomía: están los insanos, los dementes, los alienados, el furioso, los delirantes, el obcecado (clasificación que, como las previas…, no es menos alucinatoria y no es menos nulamente fundamentada).

Esa taxonomía no es médica; proviene de los sectores no destacados –la Medicina se acercó a y se alejó de la rareza de la locura, sin que todavía la absorba en su campo.

Otro cambio brusco es suscitado; los psiquiatras que ven en el insano un alma a la que cuidar, se preocupan en que los alienados estén en un lugar que los proteja y que sea propio para los dementes, sin mezclarlos con los otros personajes de la Sinrazón. En simultáneo, las otras caricaturas de la Sinrazón, no desean ser confundidas con los locos.

En estas mutaciones, no hay que apreciar un humanismo refinado, ni hay que detectar una mejora en la intelección científica de los desquiciados, que impulsa a que los insanos sean separados de las otras figuras de la Sinrazón. De lo que se trata es de una mayor eficiencia de los poderes que encierran (los locos son uno de los tantos que ese poder de asilo se esmera en excluir).

Los poderes de encierro no se revelan sólo en los hospitales, en las cárceles o en los hospicios, sino también en las casas de trabajo forzado para los que se arruinan y quedan a merced de la caridad. El poder de internar es parte de la necesidad de administrar la desocupación, la pobreza, la miseria, para que no den ánimo a las insurgencias.

Los poderes para enclaustrar son integrantes del fenómeno de que la población se considera Objeto de poder –p. 55.

Segunda “Secundificación”. Affermazione

En el Capítulo III, se especifica que si en las postrimerías del Siglo XVIII la demencia es individualizada, se ignora todavía dónde internar a los locos.

Uno de los instrumentos que se emplean para determinar dónde alojar a los desquiciados, es frenar que cualquiera pueda ser confinado porque sus excesos conductuales menores, parezcan locura sin serlo. Ya no se encerrará en calidad de insanos a los pequeños libertinos, a los insignificantes fabuladores, a los desordenados imperceptibles.

Se ignorará las denuncias contra esas caricaturas intrascendentes de la Sinrazón, para concentrarse en los que son “indudablemente”, alienados (detectamos otra mueca apenada del lector de Sade; si los dementes son tan simples de reconocer, ¿para qué ajustar la lente que elimine la miopía que no permite diferenciar al loco de los demás? –si los insanos siguen siendo casi imposibles de distinguir y si continúa siendo problemático, legitimar que se diga aquél es un alienado, ¿por qué insistir con el internamiento?).

En Francia, para que no haya confusión alguna, se homologa a los desquiciados con las bestias feroces (una estruendosa carcajada la de Foucault; los que decretan semejante ley son ellos mismos, más dañinos que los locos a los que quieren identificar).

Es que no estamos en la etapa en que, como con Descartes, se vacilaba con respecto a la cordura de la persona racional; desde hace décadas que el hombre racional es cuerdo porque no es insano. Lo que es difícil es rodear firmemente a la demencia y es la labor a la que se dedicarán los individuos no locos, para clasificar a los desquiciados.

Son imaginados planos arquitectónicos para apartar a los insanos; tales proyectos muestran el grado de locura que atraviesa a los reformadores, para elucubrar los ambientes infernales que se les distribuirá a los alienados, a los perturbadores del reposo –p. 69 [el interrogante que deja en el aire el amado por Defert, es ¿cómo es factible que los que se consideran cuerdos y los que son evaluados como tales por los demás, puedan imaginar horrores demenciales que manifiestan que muy sanos no se encuentran? (los locos incomodan al “Staat”, el que se debe ocupar de personas que no son nada; p. 71)].

En algunos planos de esa ingeniería del espanto, se trata a los alienados como inútiles para el trabajo y son considerados como obreros indeseables. No obstante, algún provecho hay que sacar de la ociosidad en la que vivirá el desquiciado; se inventan tareas adecuadas a su condición de insania, a causa de que para la burguesía todo tiene que ser fuente de algún beneficio. Los dementes deben producir un lucro…

Otra de las oscilaciones que siguen sin resolverse es la de enclaustrar a los desquiciados para proteger a los normales de los locos. A ese bamboleo, se le opone la vertiente de prodigar cuidados a los alienados, que son como niños sin familia.

Otra duda que asalta a los que piensan qué hacer con los insanos, es ¿a partir de qué instante se puede decidir el confinamiento? ¿Cuándo haya fracasado el tratamiento médico? ¿Cuánto tiempo es impostergable esperar para que se considere que la cura no dio resultados?

Paul-Michel informa que las modificaciones que fue describiendo de las desiguales experiencias con la locura y que fue cincelando de la conciencia de lo alienado, no se ajusta a una línea de Progreso, sino a estructuras que se deslizan unas sobre otras. Tales desplazamientos, en ocasiones provocan rupturas perceptibles para una mirada atenta; en otras circunstancias, existe alguna continuidad –p. 67 (por ello, la Historia de la locura… y Las palabras y las cosas son pesquisas eminentemente, estructuralistas).

El asunto es que en todas esas mutaciones, la demencia se torna Objeto de administración del Estado. Los insanos, no preocupan sólo a los segmentos no acomodados, a las instituciones de caridad, a la Iglesia, a los médicos, a los aparatos de internamiento, sino al Estado –p. 73 (el “Dövlət”, que es el gobierno de los normales, se afana en la conducción de los locos y con ello, el Estado se desquicia en su intento de administrar la alienación).

Con el tema del encierro, surge un problema; si todos somos libres, ¿cómo justificar que haya instituciones que anulen esa sbādhīnatā? Para el ejemplo de los desquiciados, uno de los argumentos es que al insano no se lo confina, a raíz de que se lo priva de la libertad, sino que se lo interna para hacerse cargo de un uso de la “libète” que el loco no puede orientar con cordura –p. 74. No hay anulación de la libertad, sino tutela de la vrijheid, en el encierro.

El confinamiento es para el insano, una manera de emancipación vigilada y una estructura de protección (p. 92).

Existe una libertad dosificada, a causa de que el alienado no es hábil para controlarse con la “ratio”, dado que carece de ella [p. 74 (así pues, tenemos que del flanco de la locura, hay un poder de vigilar y del lado de los normales, existe otra potencia para vigilar, únicamente que es un poder que el individuo mismo ejerce con relación a sí mismo, porque es cuerdo y para demostrar que es normal –Foucault, que venía sonriendo casi en silencio, se angustia ante un panorama en el que por todos los espacios no laten más que los poderes)]:

El control racional de la “kebebasan” de los desquiciados, es también para desarmar a la locura de los peligros contra la Raison.

No obstante, la insania justifica a los funcionarios en sus roles; como hay demencia, es necesaria la policía, el Juez, el sacerdote o el administrador de la moral (p. 81). En virtud de que existe locura disoluta, corrosiva, anarquizante, es que son imprescindibles los funcionarios que defienden la sociedad; porque hay desquiciados, es necesario proteger la “społeczeństwo” [es uno de los lexemas que es uno de los títulos de los libros de Paul-Michel (Foucault, Paul-Michel: Defender la sociedad. Curso en el Collège de France. 1975–1976. FCE, Buenos Aires, 2008)].

Nada mejor para eso, que cada cual se convierta en un policía del otro y que cada quien esté alerta frente a la probabilidad de que en el vecino emerja la demencia. Internar, vigilar, castigar (p. 84).

Cuidar a la “sahoe” implica que la Justicia se transforma en una Razón Pública; el Tribunal, en una Normalidad que no se confunde como la locura.

Sin embargo, la insania trae consigo algo profundo y que despacio, se irá delineando y es que el hombre como tal se hará Objeto de Conocimiento –p. 94– y con el andar de las centurias, se elevarán esos saberes enigmáticos que son las Ciencias Sociales.

Tercera Cericidad o “Diecidad”

En el Capítulo IV, es estudiado cómo la función médica interviene para separar a los desquiciados, legitimando con el discurso de la “Meditsiin”, el encierro de los insanos en un asilo (p. 99).

Los psiquiatras son comisarios políticos que, tras los harapos de los pobres, deben desenmascarar a los aristócratas que se ocultan con esa máscara y que, tras una locura simulada, se congregan para conspirar en desmedro de la Revolución –p. 100 (hay que estar más demente que todas las formas de insania articuladas a lo largo de la Época Clásica, para lucir esa paranoia…).

Estos galenos que están tan locos como a quienes consideran desquiciados, articularán tres oposiciones –p. 103–, donde una de ellas, cuando sus términos coinciden, supone armonía.

Primero, la tensión Verdad vs. Biosfera; el alienado es cuadriculado desde el flanco de lo salvaje y se encuentra apartado de la Verdad.

Segundo, el contraste Ratio vs. Naturaleza; el loco es situado al lado de la Biosfera y por eso, carece de “raison”

Tercero, más que la oposición, el complemento entre Salud y Naturaleza; cuando no existe enfermedad porque se está en conformidad con la Biosfera, la salud es genuina.

No se habla además, de internamiento, sino de un retiro (p. 104), eufemismo con el que se anhela encubrir la violencia atroz del confinamiento y con el que se quiere justificar el poder de encerrar al que se califica, en nombre de la Ciencia, de desquiciado –a estas alturas, poco importa decir si el admirado por Louis René, se mofa, se lamenta, se irrita, se conmueve, tal cual lo enuncia en “9. La vida de los hombres infames” [lo que describe es inaudito… y es para no leer más, para enmudecer, para renunciar para siempre a la intelectualidad (para morir, inclusive, a fin de no tener que ser testigos de los horrores de los que somos capaces los hombres contra los otros y en virtud de que tanta lucidez, que revela la monstruosidad en lo normal, es insoportable)].

En esta patología de la República demente, en esta Cofradía de los locos que se evalúan a sí mismos hábiles para administrar el Estado, el Psicoanálisis no introducirá ninguna insurgencia: el terapeuta será un policía y a lo que diga este “… vigilante de la palabra, (lo único que acoplará el Psicoanálisis será lo que enuncie el) … vigilado …” –p. 113 [Foucault no guarda el más mínimo contacto con el Psicoanálisis, sea de la vertiente que fuere].

Con el asilo, la Medicina autoriza al psiquiatra para clasificar a los desquiciados y para con eso, hacer justicia entre los insanos. La “Auṣadha” se convierte en Justicia.
La precisión con que se determina la clase de locura de cada quien, transforma la Justicia en Moral, porque a cada quien se le concede una proporción de insania, eludiéndose el mal del exceso.

El confinamiento de los dementes es para su cura; se inventa una Terapéutica.
La Terapéutica es, como en los otros ejemplos, un modo de poder; es una forma de repartir los castigos, si el loco no respeta la Hermandad de los insanos que es el asilo.

Hay quienes idearon máquinas que hablan del espanto de lo que son capaces de ocasionar los que se consideran normales

se “encierra ... al personaje al que se trata de habituar al trabajo en un reducto que (se inunda por) canales, de tal manera que (las aguas) lo ahogan si no da vueltas sin cesar a (una) manivela (que hace funcionar una) … bomba (que tira hacia afuera del pozo, el agua que ingresa) ... Sabiendo que (en lugar de esa tarea absurda), podría (laborar) la tierra ...”, al cabo, el loco, preferirá eso –p. 163 o 326 de la edición estándar [la carcajada de Foucault es hilarante, en una mezcla de bronca, de asombro y de indignación].

Lo cierto es que a partir de aquellas mutaciones, el demente es vigilado, castigado, juzgado, absuelto, compensado, reprobado, culpado. Pero el “homo medicus” que es el psiquiatra no ejerce todavía un poder medicinal, sino que se le demanda el título para que se certifique su prudencia en el instante de ocuparse de un desquiciado –p. 125. El psiquiatra es antes que nada, un hombre que se imagina intachable.

However, esta figura del psiquiatra es la primera sombra nítida del galeno en calidad de los poderes con respecto al enfermo (p. 128). Ese nexo de poder se cristaliza con Freud –p. 129. A raíz del neurólogo vienés, el médico mudó en “… el juez que castiga y recompensa …” (p. 130).

Tercera “Primificación” u Onceanidad

En el Capítulo V, el gustador de Sade afirma que las experiencias de la insania, que los poderes que buscaron cercar a la locura y que las sucesivas consciencias de lo desquiciado que hubo en Occidente, no acabaron –p. 131. Quedan alteraciones que están insinuadas en el Psicoanálisis y que se desplegarán.

La obsesión con respecto a lo que es la demencia, llevará a que se interrogue lo que son los hombres y entonces, el “muškarac” como tal se transformará en Objeto de indagación.+

Las enfermedades demostraron que se puede recuperar la salud; por analogía, a partir de la segunda mitad del Siglo XVIII, se contempló la posibilidad de que la insania pueda curarse. Esa fe dio aire, por alteraciones sorprendentes, al Psicoanálisis y este fue una de las primeras ciencias en operar en tanto conocimiento acerca de los mænd.

Freud será la culminación de una Antropología de tres términos: el hombre, su locura, la verdad de la demencia.

En la Época Clásica había idénticamente, una Antropología, sólo que de otro tipo. F. i., el individuo era tabulado por si estaba lejos del error o de la verdad; por si prefería la realidad o el mundo de los fantasmas (p. 138 –es que en cierta manera, cada etapa, cada comuna, posee su Antropología o su visión del “człowiek” y de sus tormentos).

La inquietud de quién es un desquiciado es correlativa de la pregunta de qué es el hombre. Y esa incomodidad, no significa únicamente cuestionarse qué es el “odam” bajo cierta Antropología, sino que equivale a interrogarse por el hombre bajo los axiomas de determinada Psicología (p. 144).

Como la insania se torna política de Estado, a la Antropología y a la Psicología se une un Ideario de Gobernabilidad, un Contrato Social para eliminar el proyecto delirante de una Asociación de los Amigos del Crimen, que es lo que alucina el Marqués.

Tercera “Atesis”

Esto es lo sustancial de lo que nos parece que late o sangra, en esa investigación admirable de un Paul-Michel ignorado en 1960.

Habiendo acabado con la reseña de la Tesis Doctoral de Foucault, Tesis que fue rebotada por la Universidad de Upsala, donde se la presentó en principio…, no nos ocuparemos del debate inútil entre Paul-Michel y Derrida, acerca del estatuto de la locura en Descartes; nos parece una discusión intrascendente y para demostrar quién posee mayor poder argumentativo, en medio y en el medio, de relaciones de poder.

Es una trifulca boba del que comienza a gubiar la analítica de los poderes y es una pelea indigna de quien inauguró el pos estructuralismo en 1966.

Nos quedamos con una última sonrisa; la de un consultor de Nietzsche que se esmera en una ironía casi imperceptible, pero que alimenta una lucha contra el poder que se disemina, no menos resistente [aunque parezca una exageración, casi todo el pensamiento de un intelectual puede vincularse a un gesto corporal que se reitera a lo largo de su trayectoria y que aparece de distintos modos –los ojos luminosos de Engels; la mano escondida, en su traje, en el caso de “Karell”; la mirada al sesgo en Hegel; entre otros ejemplos (es como quisimos leer a este Foucault en particular)]

Notas relacionadas:

http://www.salta21.com/Foucault-La-sonrisa-melancolica.html;

http://www.salta21.com/Foucault-II-La-sonrisa-melancolica.html;

http://www.fisyp.org.ar/media/uploads/regular_files/foucault9.pdf [porque la “FISYP”, después de largo tiempo, se interesó por mis contribuciones, el resto de las glosas a Paul-Michel, se esparcirán en el site indicado y no en “Salta 21”, como lo imaginé en un inicio (esta pesquisa cuenta con deslices, en el pdf que se publicó en la FISYP, en la secuenciación de la dialéctica aggiornada que edifiqué, pero como es una interacción extraña, lo que es un error en la enumeración de sus momentos, puede ser otra manera de presentar esa “Dialektik”)]

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