Foucault (II). La sonrisa melancólica, ocasionada por el horror

Con la “clinique”, el poder del médico se fortalece y el enfermo es la materialidad en la que se pone en acción esa potencia que, aparte de reconfortarse y de justificar que el terapeuta no está alienado, separa al especialista del lego.

Paul-Michel acrecienta que “… la mecánica del poder no se analizaba nunca” por los marxistas, con lo que el compañero del amigo de Guattari, entiende directamente, que la dinámica de los poderes no se estudió jamás por Heinrich
Foucault, Paul-Michel: Estrategias de poder. Obras esenciales, volumen II. Ediciones Paidós Ibérica, S. A., Barcelona, 1999, 46

Es que “Foucault estaba cansado de los antiguos marxistas … (Simpatizaba) … más por alguien que, como Ariès, pudo permanecer fiel a sus valores propios …”
Macey, David: Las vidas de Michel Foucault. Ediciones Cátedra S. A., Madrid, 1995, 557 [muy emotivo e interesante…, excepto porque el natural de Blois era un reaccionario, un conservador, un elemental anti marxista y alguien que se consideraba un “anarquista de derecha”, lo que deja en pie el aspecto que era de derecha, en virtud de que anarquista, no era –tal cual lo esparcí en más de una oportunidad, lo que fue mal barajado y lo cual me ocasionó el distanciamiento con varias personas, cada quien tiene derecho a su propia necedad, afirmación que me incluye y que me avala para que insista torpemente, en una apertura “estróngoba” y asnal, aberrante, de “Karell”]

Primera “Quintificación”. Clinamen

Como quiera que fuese, Elisabeth no es la única en delirar que Paul-Michel le hace un gran favor al Psicoanálisis, sin percatarse que lo destruye; el yerno de Jacques-Marie, alucina que el admirador de Mitterrand, se encuentra influido por el Psicoanálisis de estilo lacaniano [Miller, Jacques-Alain et al.: El Otro que no existe y sus comités de ética. Editorial Paidós SAICF, Buenos Aires, 2005, 135].
Sobre ese particular, hay una conferencia editada como ¿Qué es un autor?, donde Foucault es de un costado a otro, pos estructuralista y reniega de la Lingüística, de la Semiótica y de las nociones de sujeto, de signo y de significante, ideas que son centrales en Émile. A esa palestra asistió tarde Jacques-Marie, queriendo manifestar con eso una ninguneada soberbia desde alguien que ya se consideraba Lacan, hacia otro alguien que podría ser un individuo que producía de tiempo en tiempo, conceptos estimulantes, pero que no estaba a la altura para desafiar a Émile, quien se evaluaba el descubridor del Inconsciente, el que entendió como se debiera a Freud, el que disolvió todas las clases de filosofías, para edificar Una Filosofía, que era la de Jacques-Marie, la cual era ingeniosa para sostenerse a sí misma; Emile era en suma, el que comprendió mejor que sus contemporáneos a Lacan.

Casi en el cierre de la conferencia, Jacques-Marie pide la palabra y le arroja en la cara al lector de Sade, que en esa moda que se denomina “postestructuralismo” no encontró nada que le haga desistir de las categorías de sujeto, de “signo” y de significante. Su Psicoanálisis era testimonio de esa imposibilidad (Émile no escupió lo que dijo de esta manera; lo estamos parafraseando).

Saliendo de la marginalia, recordemos que en el Capítulo IV de la Primera Parte del volumen uno de su Tesis Doctoral, Foucault adelanta que cada conocimiento es diestro para concretar su propia “archiealohija”. La Medicina es una arqueología de lo desquiciado y de los alienados.

La vuelta de tuerca de eso, es que la Purātattva śāstra del amado por Defert es una “Arheoloogia” de las arqueologías de los saberes que aspiran a ser ciencia y que para Foucault, no lo consiguen o lo logran de una forma trágica.

Los conocimientos que Occidente impuso con la prepotencia de los asesinatos, de las purgas, de las hogueras, de los exilios, del cadalso, de los destierros, como Ciencias al resto del planeta, son meros saberes y no se diferencian mucho de otros conocimientos, excepto en su vocación truculenta, horrorosa y violenta de pretender acallar otros saberes apelando a la legitimidad de que los conocimientos de las Ciencias son verdaderos y lo que producen los otros saberes, son de menor valía, para indicar lo menos –este es otro magnífico sarcasmo del consultor de Raymond Russel, ironía que es desgarradora (a quien rehabilita a Pierre Rivière, no le hace gracia de lo que se ríe; la mueca del enemistado con Derrida es con una pena sin cancelación, como en un duelo eterno).

Continuando con el movimiento dialéctico iniciado, estamos en condiciones de declarar que la Segunda Parte de la obra que apostillamos, es comenzada con una Introducción.

Le sigue el Capítulo I.

Esa constelación de palabras es lo que glosaremos en este apartado.
En la Introducción, Paul-Michel nos anoticia que para que emergiera la probabilidad de cincelar aquél está loco, hubo que construir la insania, lo que insumió centurias y la intervención de un sinnúmero de factores.

Tampoco fue de suyo poder transformar en objeto de análisis la demencia, tal como se hará en los Siglos XIX y XX.

En lugar de impugnar que haya “locura” y que conocimientos como el de la Psiquiatría o, después, como el del Psicoanálisis, aspiren al Trono y al Imperio de La Ciencia, sin ser plausible justificar que tales saberes puedan ser ciencias, salvo por la insania de los que se esmeraron, como Sigmund, para convertir en Ciencia algo que es un discurso entre otros discursos, Occidente establece que existe el alienado, que hay que medicalizarlo, que es ineludible internarlo y que los que duden de que existe la locura, deben estar bastante desquiciados para resistirse al Progreso de la Verdad.

El insano pasa por 3 etapas.

La locura es denunciada, verbalizada y segregada. Primer movimiento alucinatorio para delirar que se puede indicar quién está loco.

La insania es enclaustrada en disímiles dispositivos de internamiento. Segundo proceso demencial que es incapaz de ver su propia locura, al privar de la libertad al que se masacra con el epíteto de “desquiciado”.

La demencia que será encaminada al asilo, con la Revolución Francesa, se hará blanco de un conocimiento específico, el de la Psiquiatría, el cual se legitimará en su racionalidad porque los que estudian a los insanos, no están locos; por eso, son hábiles para clasificarlos.

Tercer movimiento demencial, que no se percata que insiste una petición de principio en que los psiquiatras se consideren sanos en virtud de que disecan a los locos. No se sospecha que quizá, haya que estar ya alucinado para ocuparse de los desquiciados y para inventar tratamientos descomunales, irrisorios. No es asimilado que el psiquiatra es el soberano de los alienados por estar él mismo bastante insano; no por ser el normal que catalogará a los dementes.

En el Capítulo IV, el reconciliado con Deleuze, mencionará un aparato que, además de ser inhumano…, denuncia la locura de los psiquiatras que se consideran a sí mismos, sanos y no contaminados con la peste de la demencia.

Se trata de un palo grueso, firmemente injertado en un cilindro en el suelo, poste que gira a una velocidad que se altera a placer. A media altura, el palo tiene sujeta una silla que detenta implementos para inmovilizar al pobre tipo que cayó en las redes de la Psiquiatría y de esos alienados que son los psiquiatras, los cuales son unos torturadores malditos, amparados por una corporación no menos enferma, que es la academia que los impulsó a demoler a los que, si no estaban insanos antes que los agarraran tales psiquiatras, acabaron por volverse locos a manos de esos sujetos de espanto que son los médicos del alma.

Según sea la clase de demencia que atraviese al psiquiatra y de acuerdo a la insania que se pondere que tiene el alienado, se ajusta la velocidad de giro de la silla. Si el vértigo provocado es demasiado, se regula mejor la velocidad a la que, a los gritos y llantos, gira el supuesto loco [el que crea que esto se suprimió luego, por una mejor comprensión de la demencia, no entiende el planteo de Foucault –la locura es una creación para dominar (no puede haber progreso en la comprensión de la insania; lo que hay son cambios en los modos en que los poderes insidiosos enloquecen a alguien y luego, lo objetivan bajo el terror de los discursos, que son el de la “Medisyne” y el de la Psiquiatría, para agregarse después el Psicoanálisis a toda esta fealdad)].

En el Capítulo I, el gustador de Russel alude a Descartes. El modelo de hombre sensato es el que piensa con cordura…

En el ‘600 seguimos pues, con la dificultad de que no se encuentran criterios para deslindar lo que es normalidad de lo que es insania, sin que se caiga una y otra vez, en círculos viciosos, como el que se manifiesta en René.

En la primera mitad del Siglo XVIII, es inducida otra consciencia epocal de la locura, la que conducirá por infinitas sendas a una Nosología de lo desquiciado que aparece poco a poco y que se constituye a fines de la centuria.

La taxonomía es ahora la del frenesí, la del delirio, la de la manía, la de la idiotez, la de la melancolía. No obstante, esa clasificación no deja de ser demente en sí misma –otras lágrimas silenciosas caen de los ojos de Foucault, de tanto expurgar documentos que asquean.

Como fuere, la locura se transforma en Objeto de la Medicina para lo cual ese conocimiento pretensioso, sufre alteraciones. Se desgaja una rama que se torna Bzhshkut’yun Práctica o Clínica.

Con la “clinique”, el poder del médico se fortalece y el enfermo es la materialidad en la que se pone en acción esa potencia que, aparte de reconfortarse y de justificar que el terapeuta no está alienado, separa al especialista del lego, del paciente, que es al que se aplicará el poder de la Medicina (a Pierre-Michel se le secan las lágrimas; no hay sonrisa; las cosas se están poniendo cada vez, más sombrías).

Primera Sexticidad. “Verspreiding”

Acá enfocaremos los capítulos II, III y IV.
En el Capítulo II, el lector de Nietzsche esgrime que con esa mutación que es la Clínica, se asocian en una masonería conspirativa, la Justicia y la Igaku. La Justicia, porque no desea equivocarse con un criminal y tomar por genuina una locura fingida; la Medicina, a causa de que anhela ser el saber que pueda separar definitivamente, la “Ratio” de ese fantasma escabroso de la Sinrazón, que es la demencia y que se tardó tantas centurias en aislar, en estudiar, en ordenar en una Nosología.

Principia otro cambio. Los cadáveres de los insanos son abiertos; se analizan sus cerebros.

La demencia no es solamente, una enfermedad mental, sino una dolencia del cuerpo, con plausibles componentes fisiológicos, y una enfermedad del alma.

Se comienzan a estipular cuáles pueden ser los desencadenantes de la locura: embriaguez, herencia, fragilidad, alimentación. A la par, son estudiadas las pasiones como la melancolía, la pena, la angustia.

Otra transformación repentina; el desquiciado habla; existe un lenguaje de la demencia. En p. 56, Foucault enuncia que es plausible hacer una arheologija de ese conocimiento oculto en el decir de la locura. Es la primera vez que Paul-Michel emplea los lexemas arqueología del saber.

El Capítulo III, describe la simplificación de la taxonomía de la insania. Hay tres estructuras (¿suena conocido?), que son la Demencia, la Manía y la Histeria.

La otra mutación es que de la Medicina se desprende la Psiquiatría.

En el Capítulo IV, Paul-Michel rastrea la anarquía que introducen los que compiten con los médicos titulados, en el tratamiento de los pacientes.

La Corporación Médica protesta con energía; los únicos que pueden tratar enfermos son los habilitados por un saber peculiar; el conocimiento del profesional avalado jurídicamente.

Con eso, termina el libro uno de la Historia de la locura

Posteriormente, expondremos el volumen II.

- Nota relacionada:

Foucault. La sonrisa melancólica, ocasionada por el horror (I)
- http://www.salta21.com/Foucault-La-sonrisa-melancolica.html

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