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Éxito en Salta con “Historias de diván”, una obra que fluye

Considero que la generosidad de Rolón no tiene límites al desnudar frente al gran público, los secretos de su terapia. La obra de teatro tiene un conflicto, el “miedo” del analista, un desarrollo y un cierre, que por cierto es redondo. He leído algunas críticas de la obra realizada por expertos y novatos: no coincido con ninguno de ellos. Muchos, lo que han hecho, es narrar el argumento y decir “recomendable” y “emotiva”. De otros, mejor ni hablar.

La dimensión de la obra es prácticamente inagotable, en el sentido de que más de uno, al mismo tiempo en que la procesaba, hizo su propia terapia. Esto por un lado. Por el otro, por algún “otro”, hay mucho de la dicotomía ciencia y religión ya que por momentos parece haber un debate entre la creencia y la ciencia, la medicina y la terapia medicinal. Pero además, se trata de una profunda evocación acerca de la humanidad de “El analista”. Este está “colocado” en un marco sensible, de apertura, de dudas, de incertidumbres como quizá ningún profesional esté dispuesto a hacerlo. Nadie, podría ponerse en el lugar del “no saber” como lo hace Rolón a través de su personaje, dispuesto a “ensayar” un análisis de las palabras del que duda saldrá airoso. Nadie hace eso. Entre otras cosas, Rolón abre las puertas de su consultorio para trasladar desde la ficción a la vida o desde la vida a la ficción, la ruptura entre lo que se es y lo que se pretende ser. Es más profundo de lo que muchos críticos escribieron en sus críticas. Es más de adentro, más humano, más desde el sentido común que desde los “lugares comunes”. Pensar en su “basiquismo” no quita su aporte vital a una pregunta sobre la pregunta misma.

Expone – si el término es válido de aplicarse aquí- un método de análisis a través de esta obra que ya no viene a ser un teatro de tesis, sino de antitesis, porque propone el riesgo, pero fundamentalmente, el sinsentido, el punto cero, el vacío. No arroja ni conclusiones ni verdades, sino posibilidades. No hay nada hecho frente al paciente, sino la posibilidad de una construcción y de una “cura”.

Rolón toma un bisturí y se “corta” para mostrar “esto es lo que soy”, “esto es lo que tengo”, “esto es lo que ofrezco”, “no soy Dios”, “no creo en el destino”, “no opino”, “Dios no existe”… “no soy infalible”. Arranca desde una verdad humana: desde la imposibilidad de hacer futurología, de garantizar una salida, de encontrar una respuesta. Pero seguro que desde su lugar hará su trabajo, un trabajo que compromete su ser y que aunque pretenda separarse del universo del otro, lo afecta y lo transforma. Y que decir es más que hacer, como dicen las teorías lingüísticas; decir es transformar, es hallar, es exteriorizar, es nombrar, es recordar, es hacer consciente lo inconsciente. La muerte es lo opuesto: la imposibilidad de poner en palabras.

¿Es el psicoanálisis (lacaniano) suficiente como para responder qué es la muerte? Esta es la gran pregunta de “La Obra”.

“Historias de diván”, si bien está basada en hechos reales presentados en su libro homónimo, toma dos casos (obviamente fragmentados pues el teatro es síntesis), pero me parece que la ecuación se invierte: ya no son los pacientes en el diván sino el analista, urgido, necesitado de terapia, un diván que alterna los casos en los que Gabriel es un paciente más. Desde este punto de vista, diríamos que La Obra es metapsicoanalítica.

Y hasta aquí, ni siquiera he hablado del argumento. O sí. Solo que la mayoría ve o quiere ver una historia convencional. Un cura (Antonio) con culpa que llega al consultorio, interpretado sobriamente por Alejo García Pintos, una joven soñadora (Majo) con una enfermedad terminal encarnada notable y sorprendentemente por Malena Rolón (la hija del especialista en la vida real) y un psicoanalista del psicoanalista, muy bien logrado, en la piel del director, Carlos Nieto. Y a estos personajes se agrega Gabriel, interpretado por Gabriel Rolón, sujeto deseante, con su bagaje de miedos y sus cuestionamientos a la pérdida del objeto amado: su padre. Historias todas que se han ficcionalizado para poder ser puestas en acto, en palabras, como si el material de análisis fuese literatura, en el más pleno sentido discursivo. Por lo tanto, no es lo que se cuenta, el “basiquismo” del que se le acusa a la obra, sino cómo se lo cuenta. Y en ello radica el teatro. ¿O acaso Shakespeare, salvando las diferencias –obvio-, no llevó al teatro sus propias historias de diván, en el sentido más humano y metafórico, de lo que un diván puede simbolizar? ¿No eran las tragedias de la humanidad de las que el dramaturgo isabelino “hablaba”?

Si hablamos de los personajes y de su historia, también podemos arrojar algunas comparaciones. El sujeto encarnado por Nieto podría ser el alter ego de Gabriel. Acaso la voz no ya de su consciente, sino de su inconsciente: el modo en que lo reprimido aflora, eso que está “oculto” y que solo a través de un análisis sale a la luz. No por nada, el analista sueña, porque es allí donde se rompe la barrera de la censura. El material alojado en el inconsciente es extraído por el personaje de Nieto. Nieto por otra parte, opera como el principio de realidad de Gabriel.

En algunas críticas se ha mencionado el pañuelo y las lágrimas, la emoción que provoca “Historias de diván” ligada al llanto. No se puede negar lo que alguien experimentó en relación al estado anímico, a la emoción o al sentimiento. Pero sería acotado quedarse en este tipo de subjetividad. La obra en particular no me hizo llorar sino que tocó mi inteligencia, la necesidad de realizar una elaboración personal y de reflexionar sobre el sentido. Me preguntará, el analista, cuál sentido. El de la propia existencia, según el extracto que pude realizar en mi muy acotada interpretación de lo que la obra dice: que hay dos caminos, el miedo o el amor. En definitiva, la vida o la muerte. Pero esa muerte está en nosotros como una imposibilidad: la de amar, de entregarse. No se refiere específicamente a amar al sexo opuesto, se refiere al amor en todas sus formas. No apela al sentido de pareja. No va por ahí. Si se quiere, pasa por transformar las pulsiones de muerte en amor… al Otro. Y de que ese amor no es ilimitado, y que en un punto, se está solo, pues amar también es decir adiós.

En el libro “Medianoche en Buenos Aires", el narrador, el mismo Rolón, a través de uno de sus encuentros con los personajes a los que evoca, habla de dejar ir a esos fantasmas. Creo que es una forma en el que el analista se propone dejar ir a su pasado, al dolor por la muerte de su padre, a lo que no puede explicar, al sufrimiento. Se coloca otra vez a sí mismo para decirnos una verdad que pueda ayudarnos a seguir.

Desde su experiencia, nos transmite verdades probadas por él mismo: “yo soy mi propia experiencia, yo hablo desde mí para hablar de ustedes”, para hablar de lo humano. Una especie de transferencia pero en otro sentido de lo que quiere decir transferencia en psicoanálisis, valga la coincidencia. Se propone, en La Obra, ser un mediador de esa experiencia. Por eso se abre el telón de la historia con él en el diván y se cierra de igual modo: “yo también soy un paciente”, de la vida; “yo también necesito de la terapia para resolver ciertas cuestiones que no puedo resolver”; “yo también soy un ser humano”.

El texto está construido desde el analista pues desde él y a través de sus palabras y de sus ojos, vemos a sus pacientes. A la historia siempre la escriben los vencedores. Desde este punto de vista, el psicoanálisis se proyecta a sí mismo como un vencedor en cuestiones de la psiqué: es la metáfora del triunfo sobre la muerte.

De ningún modo puede ni debe negarse que Rolón recurra todo el tiempo a las formas artísticas para expresarse. ¿Por qué? Porque el psicoanálisis está vinculado al arte. Tienen dos puntos en común: los sueños y el inconsciente. Ambos están ligados a la creación artística.

Si Rolón es solo para interesados en el psicoanálisis y afines, Shakespeare es solo para literatos e intelectuales. Saque Ud. sus propias conclusiones.

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Gabriel Rolón y Medianoche en Buenos Aires: "La música fue el gran sueño de mi vida"
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