El fracaso de la prisión

Al sistema le conviene y beneficia seguir manteniendo estas “instituciones de secuestro” que sirven para aislar a determinadas personas. (...) la prisión no redujo la delincuencia, no se previene con más cárceles (...)

“El actual régimen penitenciario está totalmente gastado. “Las ciencias humanas” no van a reavivarlo. Harán falta años, muchas transformaciones, para determinar: qué hay que castigar, cómo, si castigar tiene algún sentido, y si es posible.” Esto escribía hace más de 50 años el filósofo-historiador Michel Foucault (1926-1984), reflexión que no ha perdido vigencia.

Son conocidos los efectos negativos y los inconvenientes de la prisión, constituyendo un poderoso factor criminógeno que coadyuva a la perpetuación del círculo vicioso de la represión y del crimen, y donde las múltiples propuestas de reformas penitenciarias siguen siendo ineficaces.

Para la Criminología Crítica, la selectividad del sistema penal, la corrupción institucional, la concentración del poder, la verticalización social, la destrucción de las relaciones comunitarias, son características estructurales y no coyunturales del ejercicio de poder que hacen que el conjunto del discurso jurídico-penal sea falso y carezca de legitimidad.

De ahí también se infiere que al sistema le conviene y beneficia seguir manteniendo estas “instituciones de secuestro” que sirven para aislar a determinadas personas y utilizarlas de chivos expiatorios para que la mayoría de la sociedad mire hacia ellos y no capte problemas más graves y serios que originan la delincuencia económica, el crimen de los poderosos, la corrupción y el abuso de poder.(1)

M. Foucault ha realizado grandes aportes y contribuciones críticas cuando analiza la sociedad a partir del Iluminismo (“Siglo de las Luces”), caracterizada entre otros hechos –dice- por la aparición de la Reforma y la Reorganización del Sistema Penal. A partir de aquí la infracción –que luego se llamará crimen- deja de ser una falta a la Ley Religiosa (Derecho Divino), para pasar a ser un daño social (Contrato social) de J.J. Rousseau (1712-1778).

También se reemplazan las penas: las mutilaciones, los suplicios, la muerte, se sustituyen por nuevas formas de castigos: la deportación o exilio, el trabajo forzado y otras penalidades sugeridas por Cesare Bonesana (1738-1794) Marqués de Beccaria, autor de Los Delitos y las Penas.

Luego en el Siglo siguiente aparece una nueva ideología: el Positivismo, con sus diferentes corrientes que se afirman en el conocimiento científico y el empirismo.

A partir de aquí, para asegurar el control de los individuos, fueron surgiendo y desarrollándose las “instituciones de secuestro”, que a su vez generaron una epistemología: criminología, sociología, psiquiatría, medicina forense, etc., es decir nacían las Ciencias Sociales.

Así nacía una etapa de corregir, de ortopedia social, la Sociedad Disciplinaria, la llama Foucault, de grandes medios de encierro que surgen del famoso Panóptico de J. Bentham (1748-1832) y usado por la mayoría de las instituciones: escuelas, universidades, cuarteles, hospitales, fábricas, cárceles, etc., etc.

Geor Rusche (1900-1950), hace más de 70 años escribía: “La Historia del Sistema Punitivo, más que la historia de las “instituciones jurídicas”, es la historia de las relaciones entre pobres y ricos que componen una nación”.

En 65 años, 13 Congresos (cada 5 años) de las Naciones Unidas (ONU) sobre Prevención del Delito y Tratamiento de Reclusos, con sus recomendaciones (que no son atendidas por los países miembros y hasta dejaron crecer el crimen organizado) advierten que el delito se previene con mayor equidad social, dando cifras aterradoras, como que en el mundo hay 1.600 millones de personas que viven con menos de un dólar diario.

Es decir que la prisión no redujo la delincuencia, no se previene con más cárceles dicen los expertos, sino con más educación, cultura, trabajo y bienestar social.

La prisión debiera ser para los delitos más graves y aplicar alternativas como la probation, el trabajo público, fianzas patrimoniales, limitar la prisión preventiva (presos sin condena, procesados), etc., para evitar el hacinamiento, la promiscuidad, la superpoblación carcelaria ociosa, donde es imposible educar, crear y dar trabajo y así al menos reducir el fracaso de la prisión.

(1) La corrupción de los funcionarios y los delitos de “guante blanco”, son para otro artículo. Las notas largas a veces no se leen.

- El autor es Médico Forense.
Fue Presidente del desaparecido Centro de Estudios Criminológicos de Salta.

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