El Teatro Provincial abre la celebración de su décimo aniversario

Las emociones tuvieron que ver con algo espiritual y casi etéreo. De pronto el maestro Lhez decide mostrar al oyente el cómo de una música programática, incidental, se puede convertir en un terrible expresionismo sonoro.

Salta, viernes 10 de marzo de 2017. Teatro Provincial. Solistas: Alejandra Malvino (mezzosoprano). Luciano Garay (barítono). Orquesta Sinfónica de Salta. Director Maestro Jorge Lhez. Gustav Mahler (1860-1911): Canciones de un compañero de viaje (*) y Canciones de Rückert. Bela Bartok: (1880-1945): Suite de El Mandarín Maravilloso. Concierto inaugural de la temporada nº 17 de la Orquesta Sinfónica de Salta. (*) estreno en Salta.

Cuando Mahler tenía 19 años, sus pensamientos transitaban entre el fin de la adolescencia y el inicio de la adultez. Ya por aquellos años -1879- sus ideas estéticas fluctuaban entre lo misterioso y lo trágico. Sus ideas musicales transitaban entre el recato de la voz entonada, acompañada de modestas estructuras instrumentales y la furiosa intensidad desatada de su concepción sinfónica.

Escuchar las cuatro canciones de un “compañero de viaje”, escritas entre 1883 y 1884 significa descubrir en sus textos y en sus líneas melódicas de uno o más amores perdidos o de la belleza que ofrece la naturaleza como en el segundo de los lieder cuya música es usada maravillosamente tiempo después en su primer sinfonía denominada “Titán”. No son canciones de amor sino de tristezas por sentimientos perdidos.

Por supuesto son previos a la época de cuando conoció y se enamoró de la que sería su mujer, Alma Schindler. Aquí recuerda con recurrencia a alguien distinto, de ojos azules que él sabe se convertirá en un amor perdido. Luciano Garay, que dirige con acierto el Departamento Vocal del Instituto de Música y Danza, también es un excelente barítono que felizmente decidió entregar su arte y transmitirlo, en nuestra ciudad. Los lieder de Mahler son profundamente conocidos por él y fueron entregados con indudable atractivo.

Luego llegó la que es hoy, una de las mejores mezzosopranos argentinas, para muchos la mejor, que trajo esas joyas que son las canciones sobre textos del notable poeta alemán Friedrich Rückert (1788-1866). Me refiero a Alejandra Malvino que al igual de Garay cantó bajo notables batutas de fama ecuménica.

En este caso, fueron las canciones mencionadas que sí hablan del amor, de las bellezas naturales que envuelven al ser humano y sin embargo hay un dejo de triste dulzura en ellas cuando recuerda el aroma de los tilos o cuando en el último lied, quizás una de las más hermosas canciones de Mahler, habla de que el alma de algún protagonista, se siente más allá del mundo y solo está acompañado de su cielo, de su amor, de su canción. Malvino fue suave, refinada, de intensidades profundas, romántica y un decir intachable relacionado, imagino, con la melancolía de la soledad. Su visita a nuestra ciudad será recordada por el elevado nivel de una demostración para recordar.

Hasta aquí las emociones tuvieron que ver con algo espiritual y casi etéreo. De pronto el maestro Lhez decide mostrar al oyente el cómo de una música programática, incidental, se puede convertir en un terrible expresionismo sonoro. El Mandarín Maravilloso es un ballet que muestra primero, en una brutal introducción, el espíritu de la ciudad moderna, el hampa y la violencia que caracterizarán la obra.

El argumento habla de tres vagabundos que necesitan dinero y obligan a una muchacha a mostrarse en la ventana de un edificio con la idea de atraer clientes que pagarían por favores sexuales. Primero llega un viejo mal vestido que intenta convencer a la mujer que las relacione se hacen por amor y no por dinero –en realidad carece de él- y los vagabundos lo atrapan y lo echan. Luego un tímido joven de cierta discapacidad que sufre igual destino dada su escasez monetaria. Hasta que finalmente llega el imponente Mandarín que sube la escalera y cuando está al lado de la muchacha salta sobre ella iniciando una secuencia de forcejeos durante los cuales los vagabundos le quitan sus valores e intentan matarlo ahogándolo. Como el Mandarín no ceja en su empeño de satisfacer sus deseos con la mujer, los vagabundos lo apuñalan. El Mandarín tambaleante en la habitación en penumbras comienza a danzar desprendiendo una especie de luz azul que horroriza a sus atacantes y a la mujer que para librarse de él, se entrega.

El Mandarín satisface sus bajos instintos y comienza a desangrase pero solo muere cuando la mujer abandona su danza.

Cada circunstancia y cada personaje tiene su correlato musical y el maestro Lhez los muestra primero por separado y luego concreta una fantástica interpretación de la suite completa.

La orquesta llegó a una impecable presentación de una partitura exigente, difícil, con inocultable potencia, superando largamente el estreno en Salta ocurrido allá por el 2007. Al principio la página no tuvo mucha aceptación y en algunos lugares fue prohibida no por su música sino por el argumento considerado en esos tiempos como totalmente inmoral. Hoy es uno de los momentos culmines de la producción del notable Bela Bartok, el compositor nacionalista húngaro que huyó con su familia de los horrores de la guerra y se fue a vivir a Estados Unidos donde junto a los países centrales europeos se tardó bastante en comprender el valor de su música.

El trabajo preparatorio de Lhez y su resultado en concierto mereció, por parte del público que colmó el teatro, un desbordante aplauso compartido con el arte musical brindado por la orquesta. Conversaciones posteriores al concierto me convencieron que si bien el repertorio era, de alto nivel, atractivo aunque no muy conocido, ese público que llenó el teatro asistió principalmente por el retorno de la temporada sinfónica, valioso detalle a tener en cuenta.

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