El #1A en la Ciudad de Buenos Aires, del que yo participé

Tal como lo habíamos convenido días antes, en las primeras horas de la tarde del sábado 1 de Abril me encontré con Jorge, un porteño ex compañero de trabajo y gran amigo, en una confitería de la zona del Abasto. Luego de un café y de una jugosa charla recordando viejos tiempos, nos subimos a un colectivo para ir a la concentración.

En realidad no sabíamos bien adónde dirigirnos porque las convocatorias por las redes sociales eran confusas, pero a Jorge le habían dicho que un punto de encuentro era la esquina de la avenida 9 de Julio y la calle Belgrano, al frente del edificio que tiene las gigantografías de Evita.

Pensábamos bajarnos unas cuadras antes previendo las aglomeraciones de los ómnibus en los que habitualmente llegan los manifestantes, que suelen taponar la avenida hasta la subida de la autopista, pero no, en la 9 de Julio no había nada, ni ómnibus ni manifestantes, así que decidimos caminar hasta la plaza del Obelisco donde a la distancia sí se veían grupos de manifestantes con banderas argentinas. Con cierta lógica pensamos que si eso era todo lo que se juntaría, la convocatoria iba a ser un fracaso.

La sorpresa fue que al llegar a la Diagonal Norte vimos a cientos de personas de toda edad, padres con sus niños en carritos, muchos jubilados, jóvenes que vestían la camiseta celeste y blanca de la Selección, que llegaban desde lejos y se dirigían hacia la Plaza de Mayo: no cabía duda de que ése era el lugar elegido, no sé si por los convocantes pero sí por la misma gente que se plegaba a la convocatoria, de manera que decidimos integrarnos a esa muchedumbre desordenada con el mismo rumbo. No eran columnas de personas, no se veían líderes, algunos llevaban carteles caseros hechos en cartulina y escritos con marcadores de fibra. Los vendedores de símbolos partidarios que habitualmente hacen su negocio en las manifestaciones políticas se habrán dado cuenta rápidamente como venía la mano, y comenzaron a vender exclusivamente banderas argentinas, chicas y medianas, que muchos concurrentes compraban.

La Diagonal Norte es ancha, casi el triple que cualquier calle porteña, lo mismo que sus veredas. Cuando pasamos por el ex edificio de YPF (cuatro cuadras antes de la Plaza) la marcha comenzaba a hacerse lenta por la aglomeración que se iba produciendo y cuando llegamos a la calle Florida (una cuadra antes) no pudimos avanzar más: la Plaza y alrededores estaba colmada. Alguien nos dijo que por la Avenida de Mayo, que también es muy ancha y converge hacia la Plaza, la situación era parecida. Detrás nuestro seguía llegando gente. Todos coreaban consignas en defensa de la Democracia y las instituciones republicanas, la mitad expresaba sin temor su apoyo al Presidente Macri y le pedía que no afloje; en el tiempo que duró la concentración se cantó el himno nacional no menos de cinco veces. No hubo discursos –no había micrófonos ni parlantes y no había nadie dirigiendo-, sólo muchísima gente que simplemente quería avisar que existía y pretendía ser tomada en cuenta. Pudimos ver de cerca al gordo Casero mientras lo entrevistaba la televisión.

Hacia las 9 de la noche la gente comenzó a retirarse por donde había llegado; muchos se habían ido antes lo que demostraba que no están acostumbrados a las concentraciones políticas. Realmente no sé cuánta gente se juntó, pero puedo afirmar sin duda que se trataba de una gran muchedumbre, que se trasladó sin aparatos partidarios, un sábado a la noche en que normalmente las personas dedican a distenderse con su familia o amigos después de una semana de trabajo o estudio, sin la plata de los municipios del conurbano que tienen grandes carencias materiales pero siempre destinan inmensas sumas de dinero de los contribuyentes para este tipo de movilizaciones, sin medios de transportes, a pata como quién dice o con la tarjeta SUBE, a puro pulmón lo que no es poco.

Cerca de la medianoche del sábado las usinas propagandísticas del Kirchnerismo empezaron a denostar la concentración empezando por minimizar el número de concurrentes y comparándola con la que ellos juntan gracias al enorme aparato económico con que cuentan. El domingo, haciendo causa común con Cristina, llegó la embestida de los políticos peronistas pretendidamente “buenos” que hasta hace un año y medio eran obsecuentes de ella, y luego las críticas de la izquierda criolla que va desde el PC hasta el trotskismo y que cada semana que pasa están más cerca de convertirse en el furgón de cola del populismo kirchnerista.

Y, como cada vez que la gente cuestiona la corrupción de los dirigentes políticos peronistas, reeditaron la vieja antinomia PUEBLO-OLIGARQUÍA, la misma que fue formulada en 1945 bajo condiciones distintas. La antinomia dice que de un lado están los buenos y pobres, y del otro los malos y ricos; veamos entonces como se conforma hoy ese supuesto Frente Popular, ese PUEBLO: junto a las masas desarrapadas que no consiguen trabajo desde hace 25 años están Cristina y la cuantiosa fortuna de la familia Kirchner, Julio De Vido, el amigote millonario de la Barrick Gold don José Luis Gioja, los jerarcas sindicales millonarios, el General Milani, Aníbal y Alberto Fernández, José López y sus bolsos, Insfrán, Hebe Bonafini, Verbitskty, los empresarios prebendarios como los Eskenazi (que vaciaron YPF) o Cristóbal López ( el rey de los casinos), los viejos y nuevos montoneros atrincherados en el Municipio de La Matanza, Quebracho, el empresario D’Elia, los líderes piqueteros extorsionadores y tantos otros patriotas que muchos argentinos no valoramos de puros desagradecidos que somos.

Los oligarcas y ricos que salimos a hacernos escuchar el sábado pasado estamos cansados de que los que perdieron las elecciones del 2015 no asuman su derrota y en cambio convoquen todos los días a la desestabilización y al golpe contra el gobierno elegido por el voto popular, o a la “resistencia” que es el eufemismo más usado para que los giles no nos demos cuenta de cuál es la intención última. Estamos cansados de Hebe Bonafini, convertida en un ariete de Cristina mientras nos avisa que las Madres son desde ahora una organización política y no más un organismo de derechos humanos, convocando a la militancia adicta a prenderle fuego a la Casa Rosada y a tomar el Palacio de Justicia. Cansados de la mayoría de los organismos de derechos humanos que salen a reivindicar a las organizaciones guerrilleras setentistas sin que nos aclaren todavía por qué estas asesinaron a Rucci, secretario general de la CGT, y a la pequeña hija del Capitán Viola, y las razones del ataque artero al cuartel 29 de Formosa y al de Monte Chingolo en plena democracia que dejó decenas de soldados conscriptos muertos. Cansados de los líderes piqueteros más extorsionadores que nunca. Cansados de los gremialistas, atornillados a sus sillones hace más de treinta años, que bajaron la guardia cuando Carlos Menem rifaba el país y hoy embisten contra el gobierno constitucional de Macri. Cansados de tener un país cartonero donde no se valora el esfuerzo de los que trabajan y pagan sus impuestos para sostener a cientos de miles de vagos que viven del Estado. Cansados de que la educación pública se encuentre en el nivel más bajo de su historia. Cansados de los actos de corrupción y de que los que los cometen nunca vayan presos.

Los oligarcas y ricos que ganamos la calle el sábado queremos vivir en un país distinto que el que nos dejó primero el peronista Carlos Menem y luego los peronistas Néstor y Cristina. ¿Es mucho pedir?

- Oscar A. González (El Tala)

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