Clima de época

La sociedad argentina vive un estado de ánimo colectivo, caracterizado por la desmesura, el “sin límite”, cuya particularidad es la masividad, como si nadie pudiera estar desligado de la realidad política inmediata.

La indiferencia no es la constante de este clima social imperante y la parafernalia mediática se encarga de imponerlo a su conveniencia e intereses. A esta vorágine, colabora, sin dudas, las nuevas modalidades de comunicación. Lo que antes requería (al menos) 24hs de pasividad domestica, hoy está presente, instantáneamente, a través de las múltiples formas en que la noticia (variada) se presenta súbitamente y sin ninguna anuencia del receptor. Estamos condenados a ser informados permanentemente.

Como una particularidad de los tiempos, un ser no informado, mejor dicho no atravesado por las distintas maneras modernas (YouTube/Facebook/tuiter/watshapp, etc.) conocidas y otras de uso exclusivísimo, puede considerarse un prospecto de otra categoría, casi infrahumana, o como comúnmente se define: semialfabeto funcional. (Wikipedia) Una persona analfabeta no sabe leer ni escribir. Un analfabeto funcional, en cambio, lo puede hacer hasta un cierto punto (leer y escribir textos en su lenguaje nativo), con un grado variable de corrección y estilo. Un adulto que sea analfabeto funcional no sabrá resolver de una manera adecuada tareas necesarias en la vida cotidiana como por ejemplo rellenar una solicitud para un puesto de trabajo, entender un contrato, seguir unas instrucciones escritas, leer un artículo en un diario, interpretar las señales de tráfico, consultar un diccionario o entender un folleto con los horarios del autobús.

El analfabetismo funcional también limita seriamente la interacción de la persona con las tecnologías de la información y la comunicación, puesto que tiene dificultades para usar un ordenador personal, trabajar con un procesador de texto o con una hoja de cálculo, utilizar un navegador web o un teléfono móvil de manera eficiente. La palabra analfabeto, cuya etimología proviene directamente del griego, designa también a aquellas personas que ignoran aquello de lo que se compone su lengua materna o la madre de la misma y el conjunto de cultura que a su alrededor se forma.

Aterrizando

Sin ningún pudor debo confesar mi condición de “analfabeto funcional” y mis tremendas dificultades de adaptación a esta cultura moderna. Sería grosero de mi parte alardear de estar a tono con la tecnología moderna, escasamente el Word, por razones de fuerza mayor, que me obligaron (sin atenuantes) recurrir a la generosa Fundación y entrar de lleno a justificar estas líneas.

El actual gobierno, con el que no comulgo en absoluto, creo y profundizó una grieta insalvable. La línea de separación es tajante: los pros y los contras, creando a la vez un disparador de enemistad, incluso entre vecinos. Lo irrefutable es que todos andan con la camiseta puesta y estas divisiones están creando un cariz terminante, que golpean, hoy, los afectos de amistad, instaurando una categoría de prohibiciones: “Acá no hablamos de política…” Circunstancia rarísima, porque en una reunión privada (de amigos) prohibirse/censurarse a expresar una opinión sobre la vida cotidiana, me suena “gorda”, pero la verdad es que entramos en el plano de “bloqueo” mental antes de expresar alguna opinión que pudiera molestar a alguno de los presentes. Mucho se ha escrito en los últimos tiempos sobre “la grieta”, esa suerte de agujero abismal que divide a los argentinos, posándolos a cada uno de sus laterales imposibles de acercar. Si bien la acuñación del término político puede ser actual, en realidad, la historia de nuestro país, la Historia Argentina en sí, es la Historia de la grieta.

Una justificación más doméstica

Me corro más a lo íntimo aún. Mi amicísimo amigo José, se empacó y me increpó en el watshapp: “Que sea la última vez. No acepto discusiones sobre política/religión ni fútbol…sino te borro de mi grupo”. Bastante claro, no. Inmediatamente me disculpe para no quedar solo como un hongo. Con Víctor ya arreglamos de otra forma: nos puteamos y reputeamos, pero seguimos siendo amigos; incluso, conocedor de mis preferencias me manda unas grabaciones de alto voltaje repudiable y grosera diríamos, pero ya está hablado: nadie se enoja. Con Luisito ya es distinto. Estamos en la vereda del frente, terminantemente, pero la amistad no se negocia (previo acuerdo). Luis, cuando me dio el ACV, por casualidad habló por teléfono y llorando le conté lo que me pasó. A los 5’ estaba en casa acompañándome. Suspendió su tarea laboral y se plantó a mi lado. Eso no tiene precio sobre toda contingencia.

Lo que no puedo asegurar, cuánto va a durar esta pugna de intereses desencontrados. El tema es para especialistas políticos. Desde mi lugar de ciudadano común, anhelo que estas molestas discrepancias, se achicaran y reencontráramos un camino de conciliación. Metas imposible, ya que mientras las desigualdades se profundicen, estas divergencias seguirán vigentes. La visión cívica tendrá que dar un giro de 180ª porque si sigue pensando que el País no necesita científicos (desarrollos), que la educación y la salud debe ser primordialmente privada, que el bienestar social debe estar segregado y que la libertad es para unos privilegiados, estos caminos nunca se encontrarán Finalmente, el Estado no puede ser “cartón pintado”, debe y tiene que estar al servicio de la comunidad. De no ser así, estaremos condenados a vivir enfrentados.

ADENDA: Estas conductas cerradas represivas de la opinión personal sobre la realidad política-religiosa o mundana, son propias de la clase burguesa, asumida o adoptada. Son personas que se sienten personajes y no soportan la masividad o las expresiones colectivas. Están encerradas en una individualidad extrema que no soporta la inclusión del Otro, que no sea sus propias fantasías clasistas. No toleran la movilidad de clases, más aún si esta oscilación se da de abajo para arriba.

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