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Borges, moderno Teseo en el Laberinto Americano*

Miércoles 15 de marzo de 2017

dedicado a la memoria de Daniel Santamaría y Pedro Navarro Floria

Índice
A. El dolor moral, el epigenoma y el duelo poético en Borges

B. El contexto político en la obra de Borges

C. El culto a la adversidad y el destino sudamericano en Borges

D. Las persistentes pesadillas teológicas y los laberintos oníricos

E. El laberinto borgeano y sus ámbitos espacial y lingüístico en América Latina

F. El laberinto borgeano y la reinvención de América en el tiempo histórico

G. El sueño del Mayflower en la América sajona

H.- La traición del Gran Garrote de Teddy Roosevelt al mensaje de Lincoln

I. Conclusión y Proyecto

- Por Eduardo R. Saguier
http://www.er-saguier.org

Entre los que primero contribuyeron a un nuevo tipo de relato en la historiografía universal se destacó en el siglo XIX el historiador romántico francés Jules Michelet, rescatado recientemente por el filósofo Jacques Rancière, quien le asignó suprema validez al sentido emocional (balzaciano) del relato por encima de la erudición. Con ese poder de evocación que brinda el sentido en todo relato, Plot (2010) redescubre a Jorge Luis Borges en su Poema Conjetural (1943), manifestando un compromiso político y literario con una “lectura retrospectiva” de un “caos fratricida”, disparado por un golpe de estado en la Argentina de 1943.

Como secuela del redescubrimiento, en ese monólogo dramático y poético de trazos fatalistas, donde se alude esencialmente al “destino sudamericano”, Borges habría por propia confesión abdicado cultivar el género de la criminalidad maleva a favor de irrumpir en la poesía y la literatura para poder explicar la historia. Para esa tarea épica, Borges indagaría la patológica personalidad del “minotauro” latinoamericano en un viaje fantástico disperso en su inmensa obra, y profetizaría la dialéctica de un doble continente, con derivaciones trascendentales para el devenir de ambas Américas, la latina y la sajona. Una perspicacia ésta que lo emparentaría con historiadores críticos tales como Gibbon, Elliott, Gerbi, Brading y Pagden tanto como lo distanciaría de las historias oficiales y la de sus acólitos los Levene. Amén de sus preocupaciones políticas reseñadas por Salinas (2010), y las filosóficas por Lema-Hincapié (2002), Magnavacca (2009) y Olivera (2011), Borges habría enhebrado una verdadera hoja de ruta o hilo de Ariadna del laberinto histórico universal, y en particular del laberinto (o vía crucis) latinoamericano, y su contraste con la fantasía estadounidense. La inevitable recurrencia de la barbarie, la anarquía y la tiranía (y también de la catástrofe populista), como Asterión o moderno minotauro, que es el “destino sudamericano” (el de Calibán en La Tempestad de Shakespeare, 1611), se opondría al esperanzador e igualitario “Sueño Americano” que sería el “destino manifiesto” de los estadounidenses (el de Ariel en La Tempestad).

Para el análisis de esa hoja de ruta, y para poder reinventar nuevamente nuestra América, habremos de desarrollar más de media docena de apartados consistentes en escrutar el dolor moral, el epigenoma y el duelo poético en Borges; seguido con el culto a la adversidad y el destino sudamericano en Borges; las persistentes pesadillas teológicas y los laberintos oníricos; el laberinto borgeano en sus ámbitos espacial y lingüístico, y en su reinvención en el tiempo desde Westfalia; el sueño del Mayflower en la América sajona; y para culminar, la traición de Teodoro Roosevelt (o Gran Garrote) al mensaje de Abraham Lincoln.

A. El dolor moral, el epigenoma y el duelo poético en Borges

En el fundacional monólogo poético, que a Borges le tocaba emocionalmente muy de cerca, se trasuntaba el dolor y los sentimientos de culpa que causaban la muerte y la derrota a manos de un enemigo y una barbarie inclementes, muy semejante al sentimiento de triste nostalgia que produce escuchar una melodía provocada por la pérdida de un ser amado o de un símbolo querido (un templo), como el Va, pensiero en el Nabucco de Verdi (Coro de los Esclavos), y a la profunda amargura que provocaba traer a la memoria presente un trauma muy sepultado en el pasado histórico y en la prehistoria americanas. También se trasuntaba el dolor en un inexplicable “júbilo secreto”, que sólo pudo haber sido producto —a juicio de Pellicer (2004)— de un sueño, el de haber sido los argentinos valientes sólo en un remoto pasado. Por no haber tenido el duelo merecido, el trauma corría el riesgo de volverse un fantasma, con su huella encriptada y encerrada su memoria en la ausencia y la nada.

Esos dolores y sentimientos de culpa se remontan a las guerras civiles del siglo XIX; a la anarquía fratricida entre los conquistadores españoles (Pizarro vs. Almagro acentuada por las resultas del descubrimiento del Cerro Rico de Potosí en 1545); a la implacable conquista militar de las civilizaciones indígenas, donde no se escatimaron medios por más oscuros o inhumanos (envenenamiento, descuartizamiento); y más atrás en el tiempo, hasta las leyendas y mitos canibalescos pre-ibéricos (aztecas, incas, mayas, guaraníticos, araucanos, arawacos, uros-chipaya, etc.). Difícil es entonces presumir, que sin esos dolores y esas culpas tan profundos (que no eran rencores), y sin esa inmensa voluntad de reparación simbólica, Borges hubiera podido crear tanta obra e inspirar tantas otras obras (Todorov, Foucault, Eco), en una sola vida.

Pero el trágico monólogo borgeano no pudo haber nacido sólo de un rapto o inspiración individual, de un tiempo instantáneo, como lo aseveró humildemente el propio Borges en un célebre reportaje montevideano acontecido al mes de ocurrido el putsch militar de 1943 (en plena guerra mundial y a los seis meses de la batalla de Stalingrado), pues necesariamente en la confección del poema como en el de toda obra artístico-intelectual debe operar también una fuerte dosis de pasión, cuyo tiempo es continuo, y debe estar dotado de una voluntad de trabajo y de una perseverancia para acompañar y enriquecer el hilo y la musicalidad de la trama, de la que no participaba la mera inspiración momentánea.

La verdadera explicación de esa inocente inspiración poético-melancólica se hallaría en un secreto mandato interior o “lealtad invisible”, que Freud atribuía a lo que denominó una “herencia arcaica”, formada por “fragmentos de vida psíquica”, que le ordenaba honrar el dolor y el sufrimiento (incluidos los sentimientos de culpa) de sus antepasados. Ese sufrimiento en Borges era el de los unitarios en Argentina y el de los colorados en Uruguay, que desde la infancia le habrían infundido ambos padre y madre, aunque pertenecían a dos linajes históricos distintos, pero no antagónicos. Fallecido su padre, fue su madre, una moderna Ariadna con su ancestral ovillo de hilo, la que le hizo revivir el recuerdo de su lejano y sufrido abuelo Laprida.

Este dolor psíquico interior, hoy conocido en los ámbitos psicoanalíticos freudianos como “herencia epigenética transgeneracional” (HET), no era comprendido por una inmensa mayoría, tanto de parientes que compartían su epigenoma como de los que por “descender de los barcos” no podían padecer los mismos temores o presentimientos arcaicos o ancestrales, pese a haber sufrido la persecución étnica o política en Europa y el Medio Oriente. La intensidad de ese mandato o herencia epigenética, obedecería a una activación de “fragmentos de vida psíquica” transmitido de generación en generación (que no afecta su ADN) y operado por un disparador que podía ser un estrés post-traumático (EPT) y que en el particular caso de Borges se trató del golpe de estado de 1943.

Borges habría asumido la composición del poema como quien procesa un duelo, activando una herencia perdida, o sirviendo una hipoteca sagrada (o deuda moral), que sólo podía ser cancelada mediante una trascendental ofrenda simbólica, no importando cuantas mensualidades debía abonar o cuán tardíamente podía retrasar su pago, que por otra parte no era prescriptible (había transcurrido un siglo y medio). Su honrosa cancelación debía ser mucho más relevante que una mera repetición del “inútil coraje” guerrero.

Para comprender entonces el contexto político en que transcurrió la vida y la creatividad artística de Borges, es preciso tomar conciencia que a partir de la década del treinta vivió en medio de una atmósfera de crisis, amenazada por el nazismo (juzgado por él como algo “inhabitable”), y también intimidada por sus epígonos criollos (überinenschen vernáculos, “revisionistas históricos” y nostálgicos del abolengo godo), que se resistían a la inmigración masiva y en especial a la de los judíos askenazi (sospechados de ser “psico-bolches”). Era esa una época feroz en que Europa se debatía en las tinieblas del racismo y del antisemitismo; y en que Argentina como Suiza se declaraba presuntamente neutral, no habiendo tenido participación en ninguna de las dos últimas guerras mundiales.

Transcurrida casi una década, y producida la insurrección cívico-militar de alcance continental denominada Revolución Libertadora de 1955, que derrocó a Perón, y que desató como en cascada media docena de sucesivos derrocamientos: de Pérez Jiménez en Venezuela, de Odría en Perú, de Tacho Somoza en Nicaragua, de Rojas Pinilla en Colombia, de Trujillo en República Dominicana, y de Batista en Cuba; Martínez Estrada había publicado un libelo antiperonista titulado ¿Qué es esto?, y terminó por refugiarse más tarde en la Cuba castrista. Pero al año siguiente de 1956, ocurrido el putsch cívico-militar lonardo-peronista que culminó con sendos fusilamientos, Martínez Estrada lo calificó a Borges de “turiferario a sueldo”, dando lugar a que Borges replicara que la injuria no lo alcanzaba pues la felicidad que sintió en septiembre de 1955 fue superior a “cuantas honras o nombramientos le depararan después”.

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