“Amar amando” retrata la tragedia argentina

"Amar Amando (o los ojos de la mosca)" se presentó anoche en el Salón Auditórium de calle Belgrano 1349 (Salta) en el marco de "Teatro del NOA Festeja: 20 años en buena ley", festival regional de teatro organizado por el Instituto Nacional de Teatro.

Resulta importante transcribir lo que el Grupo Casa Luján Teatro expresa acerca de su argumento.

“Sinopsis:
Amar amando (o los ojos de la mosca) es un grito desesperado, melodramático y tragicómico. Es una ilusión que se vuelve mentira, enfermedad, que se vuelve mortal. Una madre posee la extraña enfermedad de enfermar al ser amado. Cuando la transferencia de deseos se vuelve patológica, cuando el amor se vuelve posesión, cuando la fama y el poder son obsesión y la mentira realidad, la única vía de escape es la muerte.”

A estas líneas le falta el ensamble sobre lo político. No es tampoco cualquier tipo de poder: es el poder económico, casi siempre. En todo caso el político se subordina a él. Tampoco es cualquier ideología: es el peronismo. De un lado, la dramaturgia saca a relucir la incoherencia entre “el justicialismo” o la justicia social y la realidad. Esa mentira es la que se trasluce en el juego perverso que ejerce la política externa de ideología peronista que va en paralelo con la que se ejerce puertas adentro: hipocresía, falsedad, fascismo, autoritarismo, violencia y muerte. Lo que ocurre en el seno de la familia a nivel microestructural se reproduce hacia el afuera con la llegada del General Perón: hipocresía, falsedad, fascismo, autoritarismo, violencia y muerte.

Cuando la escena se ilumina, mientras aún corren por la oscuridad dos niños que son “el futuro” del país, entre paréntesis, torpes y alcahuetes, quienes a temprana edad aprenden cómo “maltratar” a la servidumbre, hijos del poder, quienes se preparan para dominar al pueblo, se educan para ser patrones oligarcas y pisoteadores de los trabajadores; tal y como sucede en la realidad. La educación sobre la base de la humildad fracasa. Porque para obtener poder se debe “ordenar”, y en ese afán, se disuelve el “buen conservador”. Aplausos de pie para los actores Cristian Benjamín Valdez y Lucas Ferrán Gómez por sus brillantes intervenciones artísticas en sus roles respectivos.

César Romero, el director, declaró a La Gaceta: “lo político no tiene todo el poder, nos encontramos de pronto en el imperio del kitsch, ideal estético de todo dirigente, de todos los partidos y de todos los movimientos”.

Estoy segura de que Romero se refiere a su inadecuación estética por un lado; y por el otro, a un concepto que alude a la construcción ideológica del justicialismo: arma sobre lo viejo, dice lo que debe decir según la oferta y la demanda, es decir, se acomoda a los tiempos a nivel discursivo, apunta a las masas… vende bien… diría yo. El director sacó jugo a esta propuesta porque en ella está la tragedia argentina.

Cuando ingresan los niños, hay una atmósfera cortazariana al estilo de Casa tomada: es ese tipo de casa, son (el matrimonio) como esos personajes, es como esa aparente calma: todo está por suceder. La “chusma” que ingresa a la casa, a la Argentina, a las vidas, y las “toma”. Hay una mujer de “clase”, fina, exquisita, quien observa la destrucción, su ruina, su sometimiento. Es Norma, su nombre dice mucho, porque dentro de la casa la “norma” la impone el marido. Sobresaliente actuación de Ruth Maria Elisa Pláate, de exquisita precisión y enorme talento. La imagen congelada de una bebé, Simona, y de ella, fue verdaderamente alucinante. Como si la criatura comprendiera el deber de su madre de actuar para un público. Tan tierna como magistral, una escena conmovedora, sujeta al destino, como los mismos argentinos, sujetos a una incertidumbre del qué pasará, qué será de nosotros.

Maximiliano Sierra es Armando, el esposo de Norma. Bigotes de mediados de siglo, bigotes peronistas, dirían los personajes de esta obra. Qué actor! Cada cual se luce en lo suyo.

A esta atmósfera cortazariana del inicio, se le agrega un piano. Un teclado en vivo ejecutado por el arista Franco Ochi Ramacciotti. Un detalle no menor, música esencial que viste las escenas, algunas de hondo dramatismo; otras de apesadumbrada comicidad con un humor más bien negro.

La segunda pareja está conformada por Helena, quizá en alusión a la troyana causante de la guerra entre Esparta y Grecia, interpretada por María Alejandra Montero, de brillante desempeño. Muy jugada actuación cuando es torturada por los pequeños oligarcas. Muy buena escena la del cuchillo y la naranja cuando intenta un suicidio. Sus gestos elocuentes delinean el gesto femenino del dolor, de la pobreza, del desamor, de la traición. Ruth como Norma encarna a una mujer de clase a la que tampoco le va mejor. Samuel Cortez es Ernesto. El esposo de esta Helena argentina, la mujer de un sindicalista; otro gran actor, cuyo nombre alude al Che. Un hombre de un cinismo increíble, representante de los trabajadores, capaz de callar la relación de su esposa con el patrón con tal de obtener un lugar, con tal de tener poder.

La actriz Elba Naigeboren, representa a la oligarquía. Irrumpe en la escena como la madre celosa de Armando con quien mantiene una relación edípica. Pero llega a poner orden, es decir, a dividir. Como hace el poder político para reinar. En complicidad con sus hijos de un tercer marido, los hermanos Iraola, la típica viudita argentina, además, tiene aires de grandeza, de actitud “facha” para con el resto y para con “los negros de mierda”. Excelente actuación, como el resto del elenco. Pero su presencia sí goza de la estética “barata” del kitsch, en absoluta conjunción con la idea que la mujer rechaza y que reduce todo lo que brilla, a lo vulgar; es decir, su vulgaridad va en paralelo al peronismo porque su vestido no es de “clase”, es de una regenta de prostíbulos. Prostituida, como nuestra Argentina, la anciana mujer disfraza de aristócrata lo que es de pueblo, para detentar el poder. Jerarquizar las relaciones sociales entre los mismos miembros de la familia, lo micro que se reproduce en lo macro, para oponer las diferencias de clase. ¿No es acaso la oligarquía la que se enriqueció a costa del pueblo?

En la obra hay una manifiesta crítica al Constitucionalismo social del general Perón: “la igualdad de hombres y mujeres en las relaciones familiares”, supuesto de la Constitución Argentina de 1949, sancionada durante su primer gobierno.

Esta obra, nacida en 2013 como una creación colectiva, no deja cabo suelto. Todo está puesto con algún sentido, desde los nombres hasta los elementos de la escenografía, especie de símbolos de un país que pretende estar “bajo bandera” puertas adentro. ¿Hay un sentir nacionalista en Argentina? ¿Verdaderamente nos enorgullecemos del suelo argentino? ¿Es el peronismo “la argentinidad al palo” porque dice representar a los trabajadores, a las lavanderas, al pueblo? ¿No hay una especie de adoctrinamiento masivo sobre el deber ser, sobre la existencia, sobre la convicción, impuesta por una Capa social a modo de dominio de las masas?

Adoctrinamiento y representatividad. El teatro juega un gran papel. La madre del vestido rojo lo dice explícitamente. “Actúa”. Porque aprendió que teatralizar es una buena estrategia. Hace de “gran señora”, le da asco el pueblo y por ello se enorgullece del franquismo: donde hay orden, hay militarización, hay tortura, hay muerte. El audiovisual de la escena final (por Virginia Agüero, Agu Nieder) completa la teatralización de la política, la teatralización de la vida, la teatralización de las clases (unas dirigentes, las otras de las capas sociales).

Aplauso para los tucumanos, quienes lograron esbozar la tragedia argentina.

Le agregaría la frase de Balbín parafraseada de Almafuerte: “todos los incurables tienen cura, cinco minutos antes de la muerte…”

- Fotos tomadas por Salta 21

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Mensajes

  1. GENIA!!! ... Yo no había visto tantos detalles y recién con tu critica veo y analizo. Gracias Romina por cubrirnos siempre!!!!

  2. Muchas gracias por la nota, en agradecimiento de todo nuestro equipo de artistas. Gracias Salta. Gracias Romina C Diaz por tu mirada y aporte.
    Un saludo cordial . César Romero.

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