Agravios al saber y a su organización en Argentina y América Latina (1500-2000)*

La esfera de deliberación donde se articulan elementos comunes y se dan cita los productores de discursos y donde tienen lugar las relaciones de poder dominantes es también un espacio público que tramita los agravios al saber, a su organización, y a sus instituciones (universidad, justicia, iglesia, teatro, medios de comunicación).

Y de la misma forma que en esas mismas esferas se dieron en el pasado políticas del saber estamentalizadoras, aristocratizantes y democratizadoras, hoy se impone si no se quiere quedar al margen del mundo conocido, una globalización de las mismas a escala latinoamericana y también mundial.

Durante las diversas etapas históricas y con su mayor o menor independencia del poder político tuvieron lugar también transiciones o pasajes de saberes que en su largo y dinámico devenir se sucedieron como conjuntos hegemónicos: del mito y la superstición a la teología, de la teología a la filosofía, de la religión a la ciencia, y de la filosofía a las ciencias sociales y a las humanidades. Aunque con ritmos y velocidades muy distintas, esos pasajes de los saberes existieron siempre en la historia de la humanidad. Recientemente han dado lugar a lo que Boaventura de Sousa Santos (1989, 2000) denominó “doble ruptura epistemológica”. Es por esas rupturas que adquiere una singularidad más relevante la formulación de interrogantes que buceen en la búsqueda del mal social por excelencia y de sus elementos afines en la comunidad intelectual y cultural de la latinoamericanidad y de la argentinidad. Siempre se ha subrayado la gran dificultad de encontrar el mínimo común denominador que comprenda a todos los países de la América Latina. Esta dificultad no pudo aún ser saldada y este trabajo apunta en esa dirección.

En ese sentido, encontramos que el elemento común vigente en sus filas académicas no es el de su excelencia, ni el de la infraestructura científica, ni el del régimen de reclutamiento, ni el de la evaluación de su producción. El elemento común más significativo es el de una extensa y profunda deformación, constituida por una compleja batería de agravios que se fueron experimentando uno tras otro a lo largo del tiempo: jesuitismo, absolutismo, secretismo, capitulacionismo, elitismo, chauvinismo, contra-secularismo, sectarismo, burocratismo y gansterismo.

Este mal social se vino cultivando en todas las épocas históricas y en todos los países de América Latina, y su experimentación en el pasado y su voluntarismo institucionalizante en el presente se vino acumulando, asociando y filtrando selectivamente: el disciplinamiento jesuítico-barroco, los absolutismos ilustrados borbón y braganza, el secretismo masónico en el patriotismo-letrado secularizador, el capitulacionismo adulatorio en los cesarismos o caudillismos carismáticos, el aristocratismo colonizante en el mandarinato académico republicano, el chauvinismo xenófobo en el nacionalismo católico pre-conciliar, el contra-secularismo en su reversión confesional y privatista, el sectarismo endogámico en el burocratismo del socialismo real, el burocratismo nomenklado en el espejismo meritocrático, el fascismo social en la corrupción del poder académico, y últimamente el gansterismo estatal en un comisariato mafioso.

Por cierto, estos agravios son muy desiguales entre sí y cada uno tiene un peso específico muy distinto en el resultado final de la corrupción contemporánea, a la que hoy estamos abocados.

II.- Controversias intelectuales en la ciencia moderna

Para las rupturas epistemológicas de la ciencia moderna vamos a encarar las tres rupturas más significativas: la del liberalismo a mediados del siglo XIX, la reacción al positivismo a comienzos del siglo XX, y la de la globalización a inicios del siglo XXI. Las rupturas de la modernidad temprana fueron indagadas, primero por Thomas Kuhn, luego por Shapin y Schaffer, y últimamente por Jonathan I. Israel. Y para su comprobación, hemos de acudir a las controversias intelectuales que se dieron en esas distintas épocas. En la modernidad temprana, hace más de tres siglos, los filósofos Hobbes y Spinoza contendieron con el químico Robert Boyle, y ello ocurrió en el transcurso del progresivo abandono de la censura y la inquisición eclesiástica, de la creación de la ciencia experimental moderna, y de la fundación del absolutismo político europeo (Westfalia) que impuso el estado moderno confesional territorial.

En esa particular controversia, Hobbes demostró que la alianza del empirismo inglés, específicamente del método experimental de Boyle, con la aséptica comunidad de científicos de la Royal Society de Londres no era suficiente para resolver el problema del orden social, pues aquellos intelectuales que mediante una amnesia falaz habían abdicado indagar las causas y fines últimos de los fenómenos históricos estaban en realidad contribuyendo al creciente desorden social.

Dicho desorden se encontraba en Inglaterra marcado —a mediados del siglo XVII —por una sangrienta guerra civil (que siguió a la primera revolución social europea, la Reforma Protestante experimentada en los principados alemanes. Esa guerra a su vez se extendió a los confines de Europa, con sendas rebeliones de las noblezas portuguesa y catalana contra la dominación habsburgo-papista española. Y desde entonces el propio Portugal con la nueva dinastía de los Braganza había fomentado en su colonia sudamericana un complejo expansionismo territorial y una crítica exploración geográfica (mechada con el apogeo del apostolado misionero jesuítico), que llegó a circunvalar el espacio amazónico (Antonio Raposo Tabares) y abarcó incluso el Río de la Plata con la fundación de Colonia del Sacramento en 1680.

La partición continental entre las esferas colonizadoras de España y Portugal se hizo manifiesta en la compleja jurisdicción del único virreinato existente en ese entonces en la Sudamérica hispana: el virreinato peruano; y en las conflictivas relaciones de Iquitos con Manaos, y de Buenos Aires con la Colonia del Sacramento (iniciada mucho antes que se fundara Montevideo). La Colonia del Sacramento tuvo en algo más de un siglo siete repetidas crisis de invasión y desalojo. Y esa partición continental se convirtió, a fines del siglo XIX, en el gran precedente histórico de la partición de África entre las grandes potencias, proceso colonizador gestado por el canciller Bismark en el Congreso de Berlín de 1884.

En la modernidad temprana se empezó por desprender las esferas seculares o civiles, las de la economía, la política, el arte, la ciencia, y la ética, de la esfera religiosa. La política entró a pensarse entonces como independiente de la teología, de la misma manera que en la antigüedad remota la teología lo había sido de la mitología. Más apropiadamente, para el filósofo alemán Hans Blumenberg, en ese entonces la política se emancipó de la hipoteca mítica. Pero en la modernidad tardía, al pensar aquel mismo vínculo desde una óptica puramente teológica (Peterson, Metz, Moltmann), la vanguardia político-religiosa se debió interpretar como una reacción al creciente proceso de secularización impulsado por las elites aristocráticas positivistas e historicistas, que finalmente impusieron el estado moderno laico-democrático.

- Por Eduardo R. Saguier
Museo Roca-CONICET
http://www.er-saguier.org

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