A 200 años de El Pacto de los Cerrillos: del enfrentamiento al acuerdo

El Pacto de los Cerrillos firmado en Salta el 22 de marzo de 1816, hace 200 años, por el general José Rondeau, jefe del Ejército Auxiliar del Perú, y el teniente coronel Martín Güemes, gobernador de Salta y Comandante General de Vanguardia, estuvo precedido de discrepancias de carácter militar y político, agravadas después de la derrota patriota en Sipe-Sipe, la peor de las sufridas por nuestro ejército, después de Huaqui.

Las diferencias entre Rondeau y Güemes se realimentaron al calor de celos, intrigas y malos entendidos los que, al intensificarse, derivaron en una recíproca descalificación y negación de autoridad, colocando a ambos jefes patriotas a las puertas del enfrentamiento armado. El haberlo evitado desvaneció los deseos de los jefes realistas quienes imaginaban que una guerra dentro del ejército patriota facilitaría su derrota y, con ella, el fracaso de la independencia.

El entendimiento al que llegaron Güemes y Rondeau desvaneció aquel escenario de una guerra entre fuerzas patriotas. Dos días después de que ambos rubricaran el acuerdo en Cerrillos, el Congreso de Tucumán inició sus sesiones. El Pacto de cinco puntos firmado por ambos patriotas, ahogó en su nacimiento un conato de guerra civil y fortaleció al Congreso reunido en Tucumán que, dos meses y medio después, declaró la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Al momento de su enfrentamiento en Salta, Rondeau tenía 41 años y Güemes 31. El 20 de abril de 1815 Rondeau había sido elegido Director Supremo, sustituido de forma interina por Ignacio Álvarez Thomas. El 6 de mayo de 1815 el Cabildo de Salta, proclamó a Güemes gobernador de la Provincia. Güemes fue el primer gobernante nacido en Salta elegido por los cabildantes de esa ciudad, y luego ratificado por los cabildos de los demás distritos que integraban la provincia. De este modo, Güemes añadió el control del poder político a su mando militar.

Ambos eran militares de carrera y probados patriotas. Rondeau estudió, además, letras y teología. Los dos, en diferentes escenarios, lucharon en las Invasiones Inglesas y en 1810 adhirieron el movimiento emancipador. Aunque sus caminos se bifurcaron por sus visiones antagónicas acerca del curso de la guerra y del modo de librarla en esta parte del territorio, ellas terminaron siendo complementarias.

Los recelos fueron mutuos. Rondeau temía que Güemes fuera una réplica de Artigas. Güemes percibía en Rondeau la repetición de los desaires y ninguneos a los que fue sometido por Castelli después de Suipacha, y por Díaz Vélez, después de Huaqui. Herido en una emboscada realista, Güemes murió en Salta en 1821, cuando tenía 36 años. Rondeau murió 1844, a los 69 años, en Montevideo, aislado, pobre y “casi sin tener qué comer”.

El enfrentamiento con Güemes no encontró en Rondeau un jefe militar improvisado y sin experiencia en este tipo de conflictos. En 1813, tres años antes del Pacto de los Cerrillos, Rondeau se había enfrentado en Uruguay con diferencias, conflictos y negociaciones con Artigas. En abril de ese año el Triunvirato le había enviado instrucciones que debía seguir en su negociación con el caudillo. Los pueblos de la Banda Oriental, señaló el Triunvirato, “forman un solo Estado con los demás de las Provincias Unidas”. Por lo tanto, todos los regimientos en campaña forman un solo ejército, “que solo puede considerarse auxiliador respecto a los hombres libres que están oprimidos por los gobernantes de Montevideo”, ocupada por los realistas y sitiada por fuerzas patriotas. Rondeau celebró con Artigas un discutido tratado con tres protocolos firmados por separado.

El criterio aplicado en esta situación, sin matices y con actitud inflexible, parece haber trasladado Rondeau al momento de dirimir sus diferencias con Güemes.

Rondeau había sido elegido Director Supremo en abril de 1815 pero, por encontrarse en el Alto Perú, fue reemplazado interinamente por Ignacio Álvarez Thomas. Cuando aquel elevó a este sus quejas sobre Güemes, “El Director interino prestó oídos a la acusación, no solamente por la situación política de Rondeau, sino también teniendo en cuenta los procedimientos de Güemes, los que no eran en verdad de ser aprobados, sino después de los acontecimientos que vinieron a darle completa razón, por más que Güemes protestaba, de palabra y por escrito, que solo tenía por objeto defender la Patria contra el enemigo común, en la seguridad de que Rondeau sería derrotado”, señala el general Ricardo Solá.

Sentido de esta conmemoración

Conmemorar ahora los 200 años de este acontecimiento histórico no debe ser un mero acto formal o ritual. Tampoco una simple demostración retórica y emotiva. Por el contrario, es imprescindible intentar comprender su importancia y sentido. El acuerdo entre Rondeau y Güemes fue más que una reconciliación entre dos jefes militares, traspasó los límites locales y trascendió las circunstancias históricas que rodearon su firma.

Aquel fue un Pacto ejemplar que evitó una guerra civil que amenazaba con “inundar de sangre a los hijos de una misma familia”, y que alejó los riesgos de fracaso que amenazaban al Congreso de Tucumán y, en definitiva, a la suerte misma de la Guerra de la Independencia. A último momento, cuando el enfrentamiento armado entre Rondeau y Güemes parecía irreversible e inminente, la vía del diálogo se abrió permitiendo superar los enconos y las diferencias.

Se ha dicho con acierto que el de los Cerrillos forma parte de aquel conjunto de pactos que, anteriores a la Constitución Nacional de 1853, pusieron las bases para la unidad política de la futura República Argentina, abonaron el terreno e hicieron posible su sanción y, con ella, la organización nacional y la creación y funcionamiento de sus instituciones republicanas. Aquel acuerdo daba por tierra con las intrigas de aquellos que trataron de introducir una cuña entre ambos jefes y, de este modo, alimentar la discordia y la desunión entre las fuerzas patriotas enviadas por Buenos Aires y las milicias de las provincias norteñas.

La reconciliación entre Güemes y Rondeau respondió al deseo de “cortar los asomos de desconfianza” que algunos habían alimentado y cuyas consecuencias serían “la destrucción de los habitantes, la ruina de los pueblos y la pérdida tal vez del sagrado sistema de libertad”, según el texto de ese acuerdo cuyo alcance se comprende mejor dentro de las circunstancias en que se firmó.

La amenaza del absolutismo

En 1815, después de una serie de derrotas, la independencia americana estaba seriamente amenazada en casi todos los frentes. Los patriotas habían sido derrotados en México, Nueva Granada, Quito, Chile y Venezuela, donde en mayo de ese año los realistas habían recuperado el control de Caracas forzando a Bolívar a refugiarse en Jamaica.

En junio de ese año los monarcas absolutos europeos, reunidos en el Congreso de Viena, se comprometieron a acabar con los movimientos independentistas republicanos en América. En España Fernando VII firmó un decreto donde manifestaba su decisión “de poner término a las calamidades que afligen a varias provincias de los dominios de América”. Los refuerzos militares del Rey de España no se dirigieron a Buenos Aires, como se temía aquí, sino a la reconquista de Caracas.

En ese cuadro de derrotas, la única excepción era el movimiento independista en las Provincias Unidas del Río de la Plata que formaban nuestro país. El cuadro era excepcional pero también precario, inestable; compartía las debilidades de los movimientos emancipadores americanos, afectados por la escasez de recursos y la abundancia de disensiones y de luchas internas dentro de las propias filas patriotas. Aquel año “las facciones eran más turbulentas; los males se habían agravado; los ejércitos derrotados o en embrión, apenas cubrían las fronteras”, dice Mitre, quien admite que, pese a todo, “la libertad había dado pasos gigantescos”.

En los primeros meses de 1816, convocado ya el Congreso de Tucumán para declarar la Independencia, nombrar un gobierno nacional indiscutido y estable, y dictar una constitución, se sumaban las amenazas de los poderosos ejércitos realistas comandados por algunos de los mejores profesionales de España, los enfrentamientos al interior de las capitales de provincias, y una larga serie de conflictos entre los gobernantes y jefes porteños y muchos de los caudillos locales.

Semillas de una guerra civil

A los conflictos entre Rondeau y Artigas que este continuó contra el gobierno de Buenos Aires, se añadían los de Francisco Ramírez y Estanislao López en el Litoral, los enfrentamientos del Cabildo de Jujuy con Güemes y los de este con sus opositores políticos en Salta, en Jujuy y en Tucumán.

En el conflicto de Rondeau con Güemes se combinan diversos factores e intereses. Para Rondeau y muchos militares porteños, los jefes locales ponían por delante sus intereses, eran desordenados, anárquicos, separatistas y tendían a disgregar los esfuerzos antes que a complementarlos. Sus ideas eran elementales, habían sido mal aprendidas e intentaban aplicarlas peor. Aquello, señala un historiador, más que una federación era “una liga de mandones dueños de vida y haciendas”.

Pero volvamos atrás. Después del combate de Puesto del Marqués el 14 de mayo de 1815, en el que Güemes obtuvo una clara victoria sobre los realistas interviniendo con sus gauchos, el joven oficial pidió una licencia, se alejó del Ejército de Rondeau y se dirigió a Salta. Al pasar por Jujuy, se apoderó de 660 fusiles depositados ahí. Rondeau le pide que los devuelva y envía la mencionada comunicación al Director Supremo Álvarez Thomas quejándose por el hecho. En respuesta, este intima a Güemes a subordinarse a Rondeau, quien desde Potosí declara al salteño traidor y tirano de su país, y alienta a todas las provincias a tratar de neutralizarlo.

Güemes, nombrado gobernador el 6 de mayo, argumenta que si hubiera un revés militar y los realistas –hasta el momento contenidos en el Alto Perú- volvieran a avanzar hacia el interior, podrían llegar a Salta; en tal caso, sería suicida dejar esta ciudad indefensa. El Cabildo local respalda plenamente a su gobernador.

Mientras, el Director Supremo había enviado a Domingo French al mando de 2.000 efectivos para reforzar el Ejército Auxiliar del Perú. En septiembre French se comunica desde Cruz Alta, Córdoba. Se sabe en Salta que Álvarez Thomas le ordenó prender a Güemes; en previsión, este retira del camino principal todo lo que pudiera servir a esa expedición: caballos, vacas, víveres. Parece un territorio en guerra, dice un historiador. Desde Tucumán, a mediados de noviembre, French cambia el tono, que ahora es amistoso, en comunicación a Güemes.

El gobernador de Salta escribió largamente al Director Supremo el 11 de octubre manifestándole su amplio apoyo al gobierno nacional y a la campaña de liberación; explica sus intenciones defensivas –en implícito acuerdo con el plan de San Martín- y su disposición a colaborar con el Ejército regular. Pero días después, el 19 de octubre, la Asamblea de Salta declaró que el reconocimiento al Director Supremo había cesado y que, por lo tanto, la provincia quedaba libre de obediencia. Sin embargo, el gobernador, ayudó a French; justo antes de Sipe-Sipe, se preparó para marchar él mismo en auxilio de Potosí y Charcas.

La derrota patriota en Sipe-Sipe o Viluma, ocurrida el 26 de noviembre, dio un gran respaldo a los realistas: en Lima y en Madrid se interpretó que la Guerra de la Independencia había terminado. Pero del lado americano se vio la necesidad de redoblar los esfuerzos. Güemes manda al Ejército Auxiliar toda la ayuda que puede; a principios de febrero envía dos divisiones para reforzar a Rondeau, quien a fines de ese mes escribe al Director Supremo elogiando al gobernador.

Los apremios de la guerra

Güemes necesitaba todo para asegurar una defensa del territorio de su gobernación. Presionaba imponiendo contribuciones y avanzaba en la formación de sus milicias. Desde comienzos de febrero afloró un conflicto con el Cabildo de Jujuy, que desde que asumió el gobernador nombrado por el Cabildo de Salta, cuestionaba la legitimidad de la elección por no haber sido consultado previamente, como pensaban sus principales miembros que era institucionalmente necesario. A ese motivo se sumaba la presión tributaria a una ciudad y campaña ya sometida a ingentes sacrificios, y cierto cuestionamiento al Fuero Gaucho.

El jefe salteño vuelve una y otra vez a Jujuy. En su comparecencia del 11 de febrero denuncia el entendimiento de algunos cabildantes con el enemigo, incluyendo finalmente al propio teniente de gobernador, el doctor Mariano Gordaliza. Todos ellos renuncian, pero en una sesión posterior el cuerpo revisa la aceptación de la renuncia de este último y lo reincorpora como su máxima autoridad. Rondeau instala su cuartel general en Jujuy y concita una franca adhesión de una cantidad notable de jujeños.

En esos días Güemes dispone que se revisara el equipaje de los jefes que volvían del Alto Perú; se había extendido la creencia de que traían objetos de oro y plata para su beneficio personal. En ese marco ordenó que se interceptara a Martín Rodríguez, quien había sido presidente de la Audiencia y provincia de Charcas, lo que ejecutó un subordinado. Cayó de sorpresa sobre la comitiva de Rodríguez, quien pudo escapar a pie por un bosque vecino. En su equipaje se encontraron cubiertos y tejos de oro que Güemes mandó a la Caja de la Provincia, y luego fueron rematados públicamente.

El incidente molestó profundamente a Rondeau, que reunió un consejo de guerra y decidió marchar sobre Salta. Ofreció al general Juan Antonio Álvarez de Arenales el mando de la vanguardia, pero este declinó alegando que no quería enfrentarse a sus paisanos, y pidió que se lo enviara a la vanguardia contra los realistas. El 2 de marzo el Cabildo de Salta envió una comisión para que efectuara una mediación amistosa, pero Rondeau se negó a recibirla.

A las puertas del combate

A medida que Rondeau avanzaba hacia Salta, iba percibiendo que la hostilidad de los pobladores de la campaña crecía. Al llegar a La Caldera, “se puede decir que había principiado la guerra”. Los gauchos hostigaron abiertamente a los efectivos regulares.

Una partida de milicias de Jujuy se une a Rondeau. El día15 de marzo se reúne el Cabildo de esa ciudad para tratar la ilegitimidad del nombramiento de Güemes como gobernador. Se lo desconoce. Gordaliza da un bando ordenando que no se obedezca en nada a Güemes, a quien declara “el principal traidor de la Patria”.

Ese mismo día Rondeau entró en Salta con sus 3.000 efectivos, sin encontrar resistencia: la mayor parte de los pobladores partidarios de Güemes se habían retirado al campo pero en la ciudad no había quedado nada que pudiera servir de sustento a los ocupantes. El 20 de marzo Rondeau contestó una comunicación del Cabildo jujeño diciendo que pondría todo su valimiento para hacer cumplir aquella orden.

De las dos partidas de Dragones de la Patria que provenían de Buenos Aires para incorporarse al Ejército del Perú, una había pasado sin novedad directamente a Jujuy, sin entrar a Salta. La segunda, al mando del coronel Rafael Ortiguera, cuando largó los caballos y se entregó al descanso asumiendo que estaba en campo amigo, fue atacada por partidas de gauchos en Campo Santo.

El general José María Paz, en sus Memorias critica duramente al jefe porteño por falta de previsión: no había preparado nada para tan importante expedición. No se había hecho inteligencia; no se habían contactado con los amigos del Ejército; no previó incrementar la caballería, que podría haber sido reforzada con los dos cuerpos de Dragones de la Patria pero no les había dado ninguna orden precisa; no había acopiado víveres ni ganado en pie. Comenta Paz que era inconcebible tanta imprevisión en un general que conocía lo que era “la guerra irregular o de montonera y lo que valía el poder del gauchaje en nuestro país, pues lo había visto en la Banda Oriental”. La única explicación que Rondeau pudo dar, dice Paz, es que se equivocó respecto a las aptitudes de Güemes y su prestigio entre el paisanaje de Salta.

De la agresión al acuerdo

Rondeau estuvo tres días en la ciudad. Enterado del ataque a Ortiguera y acosado por la falta de sustento, avanzó hacia Cerrillos donde Güemes tenía su cuartel general con cabecera en la Hacienda de San Miguel, propiedad de su cuñado Román Tejada, esposo de su hermana Macacha. En esos días llamó a Mariano de Gordaliza para que parlamentara con Güemes; el jujeño escogió el poco eficaz camino de intimar la inmediata sumisión del gobernador, quien rechazó de plano esta posibilidad. Luego el general apeló a enviar a un amigo de Güemes, Juan Bautista Bustos, que obtuvo igual resultado.

Ya en Cerrillos el día 18, Rondeau acampó en terrenos de la misma hacienda, a prudente distancia de las fuerzas salteñas. Tenía muy escasa caballería y muy poco para alimentar la tropa. El general pretendía presentar batalla y vencer fácilmente a Güemes, pero las partidas de gauchos lo hostigaban permanentemente agotando a las tropas regulares sin preparar un enfrentamiento campal; finalmente se apoderaron de la última partida de vacas y desviaron las acequias dejando al Ejército sin agua y con las uvas de la viña como único alimento.

El coronel Apolinario de Figueroa, jefe de la partida -armada a su costa- que Salta había enviado a Buenos Aires para defender la ciudad después de la Segunda Invasión Inglesa, y su hermano, el Provisor doctor José Gabriel de Figueroa, ambos hijos de Antonio de Figueroa –uno de los más fuertes contribuyentes a la campaña güemesiana-, propietarios vecinos de la Hacienda de los Tejada y reconocidos y respetados patriotas, desde que Rondeau se acercó a Cerrillos procuraron mediar entre los jefes adversarios.

El general Paz dice que en la mediación intervino también la dueña de casa, doña Macacha Güemes. El comandante de Granaderos Juan Ramón Rojas, actuó como vocero de Rondeau: era su secretario; se dice que había aconsejado a este ejecutar la marcha sobre Salta.

Rondeau y Güemes sellan la paz

Cuando el general se vio sin salida honrosa alguna, accedió a un encuentro con el gobernador Güemes, que se produjo el 22 de marzo en el Cuartel General de este, la casa de Tejada, bajo un algarrobo –dice la tradición-; era el punto medio entre ambos ejércitos que estaban en formación de batalla. Ellos hablaron, discutieron, seguramente se enojaron. Horas después, pidieron una hoja en blanco y redactaron los términos del acuerdo que sella una “paz sólida” jurando una “amistad eterna”. Coincidieron en que debían poner un “velo sobre lo pasado”, borrando las injurias y levantando los cargos de traición. Al comunicarlo a Jujuy, Rondeau pide que se festeje públicamente con iluminación y otras muestras.

En un bando publicado en Jujuy el 17 de abril, Rondeau admitió que fue un error fatal presentar como reos a “los que sólo discrepan en los medios de consolidar los altos fines que se propusieron”. Disentir no era, pues, un acto de traición sino una expresión de la libertad de pensamiento por la que se luchaba en los campos de batalla. La figura de Güemes no perdió nada por aquellos episodios, añadió Rondeau. Por el contrario, ella adquirió “un nuevo valor por la feliz transacción hija de la justicia, de la sinceridad y de la virtud”.

El general se daba cuenta de su error: Güemes no era un jefe localista, indisciplinado, disgregador y anárquico sino un patriota comprometido con la independencia y la unión nacional, identificado con el plan continental de San Martín. Con la firma del Pacto de los Cerrillos, afirma Bernardo Frías, Güemes consiguió aquello por lo que tanto había luchado: “la salvación de la independencia por la paz y la unión de aquellos dos pueblos heroicos (de Salta y de Jujuy), sobre cuyos hombros únicamente iban a recaer en adelante todas las calamidades de la guerra”.

Impacto en el Congreso de Tucumán

Dice Mitre que aquel fue uno de esos momentos en que “el bien y el mal se confunden” y “en que cada bando se apodera de una parte de la razón y de la conveniencia social, como de los girones de una bandera despedazada en medio de la lucha; pero sin que ninguno de ellos pueda decirse el verdadero y único representante de la razón”.

En la sesión del Congreso de Tucumán del 27 de marzo de 1816, se leyó el pliego de Güemes en el que relata “las amargas divisiones” entre él y el general Rondeau, y la angustia de los pobladores cuando este entró a la ciudad. El Congreso consideró que era su deber promover los medios de terminar las disensiones e impedir sus consecuencias, por lo que determinó dirigir oficios a uno y otro dándoles la noticia de la instalación del Congreso, y diciéndoles que esperaba que, en prueba de su reconocimiento, cesaran sus hostilidades.

Considerando la importancia del asunto, en la sesión del día siguiente se decide enviar un diputado que, en representación del Congreso, procure arreglar las desavenencias; fue elegido el doctor Miguel del Corro, diputado por Córdoba.

En la sesión del 1º de abril, informados los diputados de que había cesado el conflicto, decidieron de todas maneras enviar aquellos oficios a fin de cooperar, dice “El Relator del Congreso”, “a la consolidación de unos tratados de paz y unión tan importantes, y de primera necesidad entre unos Jefes a quienes no deben animar otras miras, que la felicidad del país, la libertad de la Provincias Unidas, y el sobreponerse a un enemigo, que hallará en sus rivalidades el más poderosos apoyo para sus triunfos. Americanos yo os recuerdo con esta ocasión lo que tantas veces ha resonado en vuestros oídos: en unión seremos invencibles, divididos, seremos presa del primero que quiera subyugarnos. La visual de todos los puntos del globo se dirige hacia nosotros. Somos el objeto de la expectación común. Esperan heroicidades de unos pueblos dignamente empeñados en sacudir el degradante yugo de una dominación extraña, y respirar aire libre. ¿Será posible que intestinas divisiones, que nos hacen tan poco honor, sofoquen el subido concepto que nos han merecidos nuestros primeros generosos impulsos?”

Una victoria que valió mil

El 12 de abril de 1816 San Martín que está en Mendoza le escribió a Tomás Godoy Cruz: “Más que mil victorias he celebrado la mil veces feliz unión de Güemes con Rondeau. Así es que las demostraciones de ésta sobre tan feliz incidente se han celebrado con una salva de veinte cañonazos, iluminación, repiques y otras mil cosas”.

En una proclama posterior San Martín definirá, en síntesis, la clave de aquella empresa: “Unidos somos invencibles”. Por esos mismos días, Güemes escribe a los diputados del Congreso de Tucumán: “hemos convenido que la unión de todos los pueblos, bajo el supremo mando del Estado, es el arma invencible que debe salvarnos”. “Mientras yo gobierne Salta, añadió, esta provincia no se separará de la unión y obedecerá a las autoridades supremas por más que algunos intenten lo contrario”.

A 200 años de aquel episodio, estas palabras adquieren más sentido y mayor profundidad. El sentido medular de la celebración reside en redescubrir los valores puestos en juego, y desentrañar su lección de patriotismo, de diálogo, acuerdo, concordia y libertad. Como bien señaló Samuel Johnson, “La sociedad no puede subsistir sin recíprocas concesiones”.

- Por Lucía Solís Tolosa y Gregorio A. Caro Figueroa

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